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lunes, 14 de agosto de 2017

Lazos y tul

           El mundo te pide que seas una gran bailarina. El tutú atusado con gracia, el moño recogido; apretándote unos rizos tan cautivos como tus ilusiones. Los pies llenos de callos, agrietados, pero ligeros. Das vueltas con una alegría que te pica en los ojos porque, de nuevo, el mundo te pide que seas una joven feliz.

           Luego estás tú, que amas los lazos y el tul: te gustan tanto que te olvidas de Ti. Ti está triste, porque es tan tú como los lazos, el tutú y el tul. Las raíces que te arden, porque de tan apretado que llevas el moño, te hace daño. Cuando te lo quitas estás horas rascándote la cabeza por la molestia, mientras te planteas si eres lo suficiente bailaria como para llevar el cabello recogido. La piel reseca, los dientes torcidos, la frente demasiado ancha. ¿Son eso arrugas? Sobre las cejas, que te tienes que volver a depilar.

           Las expectativas, que se escurren entre tus manos como una pastilla de jabón. Nunca serás lo suficientemente buena para el tul, los lazos y las puntas de tus manoletinas. Eres indigna. Una indigna bailarina que baila sin bailar y se olvida de Ti. ¿Dónde se fue Ti? ¿Echas de menos a Ti? Yo te (me) echo de menos durante horas. Porque vivo con esa dualidad de quererme y odiarme a la vez. Me enseñaron a existir con el anhelo de un plié. Después aprendí que también me gustaban las deportivas.

           Tengo dos ideas opuestas que coexisten en mi cabeza. A veces quiero más al tul que a (mi) ti misma. Y en este devenir me arrolla la vida. En el devenir de las canciones que desafinan, los pasos de baile descoordinados y los textos gramaticamente erróneos. Nunca representé un ballet. Nunca redacté nada digno de ser leído. Y nunca, por mucho que me duela admitirlo, he salido al escenario de la vida. 

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sábado, 12 de agosto de 2017

Zero

               El mundo te dejó con unas expectativas que te atragantaban hasta que no podías respirar. Se te hacían bola, y no tomabas aire. Abrías la boca en una mueca entre horrorizada y sorprendida. Después intentabas tragar saliva sin conseguirlo. Aprendiste a vivir sin oxígeno; con la angustia campando a sus anchas. Las noches para ti eran eternas: en la penumbra los problemas se paseaban. Te gritaban lo inútil que eras y cómo te habías echado a perder. Como si fueras comida que ya no se podía digerir. Moscas; estabas llena de moscas. Y de moho. Te quedaste dentro de un tupper, al fondo de la nevera, hasta agriar.

               Las personas, que eran prescindibles. Había algunos errores que costaba la vida entera subsanar. Había gente que no tenía segundas oportunidades. Tenían moho, moscas y el estúpido tupper con olor a agrio. Entiéndelo, joder. Eres prescindible. No eres única y especial, sino prescindible. El mundo no se construyó para ti; fuiste tú la arcilla a manos del mundo. El día de mañana, cuando te despiertes con la amargura de que tu talento es insignificante, recordarás mis palabras. No hay solución para ti, porque nunca tuviste remedio. Débil, inconstante y tonta. Insegura; arropada en una endeble burbuja. Qué explotó. Te dejó hecha trizas, la maldita burbuja. Enfermaste con el desengaño; el peor cáncer que podías tener.

               Princesa, aprende a vivir con la bola atorada en la garganta. Aprende a sobrevivir con tu moho y tus moscas. Qué te dé igual estar en un tupper, al fondo del frigorífico. No naciste para ser excepcional. Eres un número, ¿entiendes? Si lo asumes, pronto te dejarás de herir. Anteponte a la desidia, por favor. Solo encuentra en tus aficiones un punto de salida. Sueña, qué es lo único que te queda. Cerrar los ojos para escapar de la cruda realidad.

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domingo, 6 de agosto de 2017

Reto 23: Condescendencia


          Nada, no le queda nada. La ropa tirada en el suelo, hecha un ovillo arrugado. Era un montón pequeño, cosa que la sorprendió; cómo su vida se resumía en tan poco. Se arrodilló para recogerla, luego se detuvo. Quedó de cuclillas mirando la ropa, mientras se preguntaba cómo narices había llegado a aquella tesitura. Estuvo así hasta que se le engarrotaron las piernas y se tuvo que levantar con las prendas entre sus brazos. Caminó a paso lento hasta llegar al marco de la puerta, después se giró para dar un último vistazo.

          Pensó en que debería de haberse convertido en sal. Su nombre era Edith, como la mujer desgraciada que quiso saber lo que ocurría en Sodoma y Gomorra; como la mujer que se giró en el último momento y fue castigada. Porque la ignorancia era algo valioso para permitir la hegemonía de los de siempre. En el caso de Edith era la hegemonía del hombre blanco, que buscaba devorarla hasta dejarla en los huesos.

          Había perdido su hogar y trabajo; tenía más deudas que pelos en la cabeza. En medio de su impotencia, quiso gritar. Expresar en voz alta todo lo que sentía, porque la habían engañado. «Quien la sigue, la consigue», «Si quieres algo con todas tus fuerzas, el universo te lo da». Mentira. Aquella era la mentira más grande que había escuchando jamás.

          Ella era Edith: la muchacha negra sin reputación ni estudios a la que no le quedaba nada. La muchacha negra que había vivido en una lucha por alcanzar el día de mañana. La que miraban en la calle y en el metro con pena. La que odiaba la pena porque estaba disfrazada de condescendencia y paternalismo. La que nunca tuvo voz. La que, desde luego, no fue responsable de sus circunstancias. Aunque señores como Paulo Cohelo o Rhonda Byrne se molestaran en hacerle luz de gas, tanto a ella como al resto de ciudadanos del mundo.
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miércoles, 14 de junio de 2017

Reto 38: Annelysse




Con los ojos fijos en las finas líneas blancas, acaricia la mesa de cristal. Coloca un dedo sobre ella que la mancha de grasa. La huella dactilar estropeando la superficie pulida. Sus pupilas fijas en el polvo que también estropea la superficie pulida. El vidrio, que nació para que lo malograran y Annelysse, que directamente nació rota. Toma un pedazo de cartón para alinear las rayas. Las quería perfectas: finas, de un blanco nuclear. Tan delicadas como ella misma; si las inhalaba desaparecían. Entonces solo quedaría la mesa como prueba de su delito. Annelysse, que contemplaba la mesa con las pupilas dilatadas, sonreía despacio; divertida por su travesura.

Ella, que tenía un nombre elegante, no lo era en absoluto. Su rostro cetrino, con la mandíbula prominente y las mejillas hendidas. Arrugas en el arco de las cejas y la frente como un acordeón. Annelysse, que llevaba un vestido usado de color añil. Las clavículas sobresaliendo por su delgadez; su cabello castaño oscuro recogido en una pobre coleta. Qué más daba... Annelysse, que se sentía bella. Con sus ojos de búho, era bella. Con sus labios de lagartija, era hermosa.

Tomó el canuto sobre sus orificios e inhaló. El fuego, llegó el fuego: su fuego. Ardiente fuego. Desde la punta de la nariz, hasta su cabeza. Golpeaba duro en la cabeza; en el centro de la frente. La explosión de pólvora, que la prendía a ella junto a sus ilusiones. Entonces olvidaba la casa abandonada, donde estaba de okupa. Poco le importaba el dinero que debía por la mercancía.

Temblando por el colocón observó a un tipo que caminaba hacia ella: llevaba unos pantalones vaqueros gastados que acompañaba con una camiseta de lana roja de mangas usadas y con un agujero en el pecho. «Tía, he venido a recoger la pasta. ¿La tienes?». Annelysse le sonrió temblando todavía. Luego tosió: le costaba respirar. Era ella, que se había convertido en una cerilla. Su cabeza explotaba, mientras que tomar aire se convertía en trabajo complicado.

Abrió la boca y escupió saliva. El tipo la miró, después dijo: «Tía, la pasta». Annelysse, con su vestido añil, tenía convulsiones en el suelo. El tipo sacó una navaja, después se arrodilló a su lado. Annelysse, la que se marchitaba. Annelysse, la que se sentía hermosa pero no era hermosa. Annelysse, la que buscaba consuelo en estropear el cristal con el que estaba hecha su mesa de café. El cristal, que no era hermoso con sus esquinas quebradas. Temblaba más, la pobre Annelysse. Y el tipo mirándola sin entenderlo: «¡La pasta, joder!».

De la boca carcomida de la no tan bella Annelysse salió más saliva. Perdida ya en su inconsciencia, quiso reír. Porque con las rayas era una princesa en un palacio de oro y rubíes; una dama digna de admirar. No la yonqui de Annelysse. No un cadáver en el suelo. Una princesa; ella era una princesa.
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domingo, 26 de febrero de 2017

Añicos

            La princesa se quedó pensativa. Aovillada en el suelo, con los azulejos fríos y las ilusiones a fuego lento. Lentas como ella misma; cansadas como ella misma. Estaba quebrada, con sus añicos en tierra como pequeños cristales. Las ilusiones, que relucían sucias en el suelo. Los pedazos a su lado, sentados. Quiso tomarlos entre sus manos para poder recomponerlos, pero las fuerzas no le alcanzaban. Solo estuvo mirándolos con todo el anhelo que le quedaba: deseando que volvieran a juntarse para empezar otra vez.

            Ella, que estaba rota, pensaba en todas sus malas decisiones y en otras tantas cosas que hizo mal. Ya no podía volver atrás, así que se quedó sola junto a sus pedazos. Algún día vendrían a barrerla para tirarla dentro del contenedor. Sería el juguete que ya no gustaba al pequeño de la casa. Porque la vida se regía por los caprichos de un chiquitín avaricioso y egoísta.
 
            Pero ella; ella también había sido avariciosa y egoísta. Tonta, la princesa tonta: que llevaba el vestido raído y el maquillaje hecho un asco. Tenía las puntas del pelo abiertas, por cortar, y las ojeras de color añil. Estaba llena de miedos demasiado grandes para sus zapatos. Las circunstancias la superaron, y cayó. Por eso tenía que plantearse qué era lo que esperaba de la vida.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Dulce pesadilla

           Recuerdo la primera noche en la que apareció. Estaba durmiendo plácidamente en mi cama, mi respiración era lenta y me sentía resguardada entre las sábanas. Él llegó como un huracán y revolvió mis mantas, y me llenó de frío. Fue entonces cuando su cuerpo se pegó a mí y un suspiro salió quebrado de mis labios.

           No podía discernir su rostro entre la oscuridad; tan solo alcanzaba a identificar una silueta robusta y una cabellera larga y suave, increíblemente suave. Él era todo hielo; se sentía como escarcha cuando sus manos se deslizaban sin ningún tipo de pudor entre mis curvas. Y sabía a metal y a sal. Recuerdo cómo su boca se posó sobre mi garganta y el gruñido anhelante que profirieron sus labios.

           —¿Quién eres? —inquirí con apremio.

          No me contestó. Solo inhaló, inhaló e inhaló. Hasta quedarse borracho de mi aroma y olvidarse de cualquier cosa que no fuera mi piel. A mi mente acudieron imágenes fugaces de cómo su ávida boca se posaba sobre la mía y me forzaba a besarlo; de cómo tomaba cada parte de mí como si le perteneciera. Y, ciertamente, hizo bien: desde que su imponente cuerpo pisó mi habitación fui suya. Hizo conmigo todo lo que quiso, y tal vez más. Mentiría si dijera que opuse resistencia o si aseverara que actué como la muchacha inocente que nunca fui. Yo también le hice cosas demasiado oscuras como para mencionarlas en este relato.

           Lo triste de esta historia es que me estoy muriendo; cada vez que toma algo de mí una fibra de mi ser se hace pedazos. Y eso le gusta: lo veo en su regocijo, en sus suspiros inhumanos y dementes. Y, ¿queréis saber algo todavía más triste? Que yo también lo disfruto. Que todas las noches espero que regrese a verme, aun a sabiendas de que una de ellas podría ser la última. Que él se ha convertido en el mejor de todos mis sueños: en mi dulce y anhelante pesadilla.

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domingo, 19 de febrero de 2017

Tengo dos cosas para ti esta noche

         La pequeña Bianca contempló cómo caía la lluvia aquella noche bajo su ventana. Sus expresivos ojos, de un verde hierba, reflejaban el resplandor de las farolas de la calle. Meció su cuerpo hacia delante y atrás con nerviosismo, a la espera de que su madre la llamara para cenar. El destrello de un relámpago arañó los cielos, seguido por el estruendo de un trueno. Se encogió sobre sí misma, un poco asustada, y emitió un suspiro lento.

         Mamá no la llamaba, ¿le habría pasado algo? Hacía rato que no aparecía por su cuarto. Volvió a fijar la vista en la ventana, donde vio moverse las ramas de una alameda. Parpadeó varias veces, un tanto intimidada por el bamboleo de las hojas, y de las ramas, y de los árboles enteros. Pensó en los nidos de los pájaros que estarían allí, ¿estarían bien los pollitos?, ¿estarían bien sus papás?

         Cenaba a las ocho, ¿qué hora era? Miró hacia su reloj de pulsera y frunció el ceño. Aún no se sabía bien las horas y se liaba con los palitos. ¿El grande para qué era?, ¿y el más pequeño? Luego estaba el otro, que era más fino, y medía los segundos. Durante unos breves instantes se mantuvo ensimismada observando el minutero, que tan divertido le parecía.

         Mamá seguía sin venir, ¿debía salir del cuarto? Le dijo que la llamaría, pero no la llamaba. Y estaba preocupada; poniéndose nerviosa. Insegura, salió de su habitación y recorrió tímidamente el largo pasillo que le llevaría a la cocina. Se dio cuenta de que tenía frío; las baldosas se sentían gélidas en sus diminutos pies descalzos.

         —Mamá, ¿dónde estás?, ¿y la cena? —quiso saber nada más atravesó el marco de la puerta.

Frente a sus ojos se encontró con papá, que sostenía un largo cuchillo en su mano derecha. Mamá estaba tumbada en el suelo, llorando. Bianca se acercó a ella sin entender muy bien lo que ocurría.

         —Tengo dos cosas para ti esta noche, Bianca. La primera es de color rojo y la segunda un boleto para Disneyworld —susurró papá muy despacio. 
 
         Fuera de casa el sonido de un trueno silenció la respuesta de la pequeña.

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lunes, 30 de enero de 2017

Trébol

          Miraba al horizonte sintiéndome pequeña, insignificante, sola. Frente a mí se extendía una vasta ciudad destruida. Los edificios, de metal, estaban oxidados. Las aceras, de hormigón, desquebrajadas. Las estaciones de autobús, los vehículos, las bocas del metro..., eran un incierto amasijo de escombros. La única luz era el enraizado de árboles y hierbajos, que trataba de resurgir como si la naturaleza se antepusiera a la urbe. El cielo era una atmósfera gris y cancerígena, llena de una niebla naranja que me quemaba la garganta cuando trataba de inhalar. ¿Qué hacer cuando no quedan esperanzas? ¿Qué hacer cuando la salvación se ha escapado por la puerta de atrás? 

          Mientras la radiación consumía mis células, me pregunté cuántas personas continuaban con vida. Recorrí las callejuelas en busca de compañía, pero lo único que encontré digno de mi interés fue un trébol de cuatro hojas. Me arrodillé entre desesperanzada e indefensa. El aire huía de mis pulmones y no sabía qué hacer al respecto. Mareada, me dejé caer sobre aquel trébol y, cuando la inconsciencia empezó a vencerme, lo vi.

          Frente a mí se elevó el cuerpo de un desconocido, que ocultó la luz brillante y enrojecida del enfermo sol. Se puso de rodillas y sus ojos, de un verde madreselva, se fijaron en los míos. Emití un quejido a penas audible, exteriorizando aquella agonía. Cada vez mis inhalaciones eran más lentas y pausadas. El desconocido se inclinó y acercó sus labios hacia mi boca reseca. Y entonces, cuando los posó sobre los míos, encontré la paz. A través de mi garganta se deslizó el sabor del néctar, la tierra húmeda y la estepa. Naturaleza, aquel beso me supo a naturaleza. Sacando fuerzas de un recodo oculto de mí, y hasta ahora desconocido, estiré los brazos y lo tomé por la nuca. No quería que aquella sensación se desvaneciera.

            Me tomó en brazos y, todavía con nuestras bocas entrelazadas, comenzó a andar. Gemí al sentir el latido de mi corazón fortalecerse. Cuando finalmente nos separamos, dejó que su aliento cálido y mentolado descansara sobre mi rostro. Cayó un reguero de lágrimas sobre mis mejillas. «Gracias» atiné a articular sin estar del todo segura de que me escuchara.

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viernes, 27 de enero de 2017

Demons

          Estás temblando en una esquina. La habitación donde te encuentras es sucia y sombría. Te encoges sobre ti misma a la espera de que las tinieblas te terminen de engullir. Si no te ven, ¿existes? Si la gente se olvidó de ti, ¿verdaderamente estás ahí? Juegas a ser invisible; actúas de funambulista sobre la línea de la realidad. Llena de polvo y con la ropa hecha jirones, me miras. Nos miramos y te vuelves a acurrucar. Luego sonríes, pero sin hacerlo del todo. Tus dientes, de un inexplicable blanco, relucen en la oscuridad. Me acerco a ti y te tiendo la mano. En el abismo, perdida en el abismo. De nuevo me miras y me encuentro con que no eres tú: son tus demonios los que me cautivan. 

          En el suelo descansan dos cadáveres vestidos de soldado: la sangre, de un inexplicable rojo, reluce en la oscuridad. No quiero preguntarte qué quisieron hacer contigo. La guerra, fue la guerra la que sacó lo peor de nosotros. Maltrechos jugamos a fingir que nada de lo ocurrido fue verdad. Tu ira me reconforta: quiero alimentarme de tu rencor. No tomas mi mano, la empujas. Adoro ese odio que profesas a quienes juraron protegerte y, por el contrario, se aprovecharon de tu vulnerabilidad. Ellos, que estaban tan cadáveres como tu felicidad. Muertos, como lo estoy yo. En un mundo en el que solo hay demonios ¿Qué podemos hacer? El atisbo de una lágrima reluce en tu mejilla derecha. Vamos, no llores: prometo ayudarte a superar tu dolor. Me miras, de nuevo me miras y golpeas mi cabeza con una vara de metal.

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miércoles, 25 de enero de 2017

Latidos

           Te tomo por el cuello y te estampo contra los ladrillos la pared. Te retuerces sin aire. Me miras con tus ojos oscuros y me olvido entonces de quiénes somos. Pupilas dilatadas, boca reseca. Un jadeo. Buscas aire porque no respiras. Retengo el oxígeno y me quedo también sin aire. Tienes el pelo húmedo por el sudor; estás horrible, cariño, pero sigo viéndote preciosa. Me miras con tus ojos oscuros y fuerzas una sonrisa muerta. Muerta, como mis augurios de futuro.

          Acerco mi rostro hacia tu garganta, donde te estrangulo con mi mano derecha. Pum-pum. Pum-pum. Te miro con mis ojos oscuros, también, y siento cómo tragas saliva con dificultad. La sonrisa se ha borrado de tus labios. Quiero probarlos, pero no lo hago. Intentaste matarme, cariño, y ahora estás horrible. Aún sigo viéndote perfecta. Me suplicas por tu vida con aquella pose. Inocente, lo que nunca fuiste, lo que nunca seremos. Pum-pum. Ese nosotros se marchitó cuando blandiste aquella navaja. Tan perfecta cicatriz me dejaste en el pecho que no puedo hacer otra cosa que atesorarla.

         Llegó la hora, cariño. Te inclinas hacia mí y algo muerde mis entrañas. Tu navaja me saluda, de nuevo, y caigo a tierra. Jadeo. Pum-pum. Pum-pum. Nuestros latidos se revolucionan, se acompasan. Los escucho como música mientras siento un intenso mareo.Te incorporas con dificultad para lamer el filo de tu navaja. ¿Es dulce, cariño? Quiero preguntarte, pero colapso en la acera. Bésame, lo necesito. Te pierdo, me pierdo, y no quiero.
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