viernes, 21 de julio de 2017

Lauren&Nadia

          Me quedo mirando cómo duerme a mi lado Lauren: descansa panzabajo y con los labios entreabiertos. Puedo ver a través de su boca cómo relucen sus dientes blancos y brillantes por la saliva. No consigo apartar la vista de todas y cada una de las inspiraciones que toma a través de esa boca que hace que me relama la mía, como si estuviera hambrienta y solo la quisiera saborear. El color rosado de sus labios es el mismo que el de sus mejillas, que tanto me gustan. Tiene las pestañas cortas de un tono rubio claro, igual que su pelo y su piel pálida.

          Como no quería aprovecharme de la confianza de mi mejor amiga, en lugar de tocarla tomo mi libreta de dibujo. Saco también un lápiz de trazado oscuro y punta blanda, para empezar a bosquejar. Lo primero que hago es delinear la sinuosa figura de su cuerpo: Lauren es menuda, de piernas suaves pero cortas y bracitos de muñeca. La evoco con sus ojos dorados, con su mirada soñadora e infantil. En bastantes ocasiones me he sentido mal conmigo misma al pensar en hacerle cosas sucias. Algo en mi cabeza me grita que si la acaricio podría arrebatarle parte de su inocencia.

          La figura que he hecho se ve redondeada y sugerente, cosa que no acompaña en absoluto con la niñez de sus pupilas pero aquello, desde luego, es la principal contradicción que la hace especial. Después, tengo la desfachatez de dibujar la forma de sus pechos pequeños, que siempre he querido saber si se sentían tan delicados como lo eran a simple vista. Y, más tarde, pinto cada lunar que podía recordar que tenía: su piel estaba repleta y yo, por mi parte, moría por las ganas de memorizarlos. Cuando se desnudaba intentaba no mirarla, pero mis ojos se desviaban hacia ellos para grabarlos a fuego en mi enferma cabeza.

          Lauren se sacudió en su sueño, así que alejé la libreta como si quemara. Se giró hacia mí y el dorado de sus ojos se clavó en mi aguamarina. Como era habitual salivé, antes de regalarle una sonrisa forzada.

          —¿Te he despertado? Lo siento, no podía dormir. —Lauren arrugó su nariz chata.

          —No importa, ya he dormido mucho. —Hizo una pausa. —No tengo muchas ganas de dormir: no paro de darle vueltas a algo que tengo en mente, pero no se va. —Coloca su cabeza en mi regazo, en busca de atención. —Tócame el pelo; me gusta que me toques el pelo. —La obedezco, como siempre. —Es solo... Que no sé cómo me siento desde la otra noche, que salimos a una discoteca.

          —Ya te dije que ese ambiente no te iba a gustar: está lleno de tipos que solo buscan lanzarse a la yugular de cualquier chica —musité, algo molesta—. Al final te acobardaste y solo quisiste que no fuéramos.

          —A veces pienso que odio a los hombres, Nadia. Creo que...., creo que está mal, pero los odio. Siempre se creen que saben más que tú y tienen la imperiosa necesidad de sobreponerse. Y cuando te hablan, sobre todo cuando ligan, actúan como si estuvieran haciéndote un favor al estar a tu lado. —Suspira. —Yo creo que los odio, porque ellos y su ego son insoportables. Y las espectativas que se construyen sobre cómo debes de actuar, y el paternalismo que tienen. De verdad, Nadia, no fue la discoteca: fueron los hombres. Si solo hubiesen estado chicas, habría sido divertido. Pero estaban ellos ahí, pensando sucio sobre nosotras y haciéndonoslo saber con su condescendencia.

          »Odio gustarles. Odio que me miren, Nadia, y esas ideas perversas que ves que tienen sobre mí y, lo peor, que se creen con derecho de tener: como si (creo que me repito) me estuvieran haciendo un favor al tratarme como un objeto. Yo soy una persona y quiero que me conozcan y me traten como a una igual, por eso no he tenido todavía novio. Me voy a quedar viviendo contigo el resto de mi vida: no sé para qué quiero a hombres cuando te tengo a ti, que eres mejor que ellos porque no te aprovechas de mi confianza.

          Una oleada de culpa me pesa en la garganta. Me siento tan mal que se me ponen los vellos de punta porque, en el fondo, yo soy igual que ellos. Aún así, eso es algo que Lauren no tiene porqué saber; por eso me quedo callada. Me dolería lo incalculable que descubriera lo corrupta que estaba yo por dentro.

          —Bueno, hay muchos chicos que no son así, Lauren. Es solo que los que actúan de esa forma, se hacen mucho de notar. —Suspiro, antes de añadir a regañadientes: —Seguro que más adelante encuentras a la persona adecuada.

          —Creo que no me has entendido, Nadia. Odio a los hombres y... —Sus preciosos ojos se clavan en el suelo. —Nunca me van a gustar.

          —No entiendo por qué eres tan negativa, en serio. ¿Pretendes estar toda tu vida pegada a mí? Sabes de sobra que no soy tu madre. —Pero no me importa en absoluto cuidarte, aunque esta última frase no la añado en voz alta. En realidad me hacía ilusión que dijera esas cosas pero sus palabras, a fin de cuentas, no eran lo mejor para su futuro. Por encima de mi felicidad, estaba la suya.

          Lauren se incorpora para estudiarme: está a punto de llorar pero no soy capaz de comprender la razón que la lleva a actuar así. Levanto mi mano, para retirar su cabello enmarañado de la cara, pero ella la aparta de un golpe.

          —¡Déjame! No me entiendes —me reconviene ofuscada. De rodillas sobre el colchón, me agita con la poca fuerza que tiene.  —No me gustan los hombres, solo quiero que me toques tú, ¿entiendes? Esta mierda no deja de torturarme: al principio solo quería llamar tu atención porque me parecías simpática y me encantaba la manera en la que olía tu colonia. También me gustaba cómo me tocabas; como si tuvieras miedo a romperme, tan suave... Las pocas veces que un chico me ha puesto las manos encima ha sido algo tosco y en busca de conseguir cosas de mí. En cambio lo tuyo siempre es tan tierno y desinteresado que...

          »Luego..., luego..., quería que me tocaras siempre. Me reconfortaba cuando me abrazabas o rascabas la espalda, así que buscaba excusas para que lo hicieras. Siempre cedes a tocarme, pero nunca esperas nada a cambio: solo quieres hacerme sentir bien. Quieres lo mejor para mí, me dices siempre. —Se queda callada, como si tuviera miedo de seguir hablando. —Pero yo no busco cosas desinteresadas de ti desde hace tiempo. Yo —empieza a temblarle la voz—, yo a veces te miro desnuda y me pregunto si me dejarías acariciarte o darte besos en algunos sitios. Me pongo nerviosa cuando lo pienso, pero no puedo evitar pensarlo.

          »Quise ir a la discoteca para conocer chicos y ver qué tan mal estaba mi cabeza, sin embargo aquel lugar solo me hizo reafirmarme más en cómo me sentía con ellos y lo bien que me hacías sentir tú. Siento que no puedo callarme esto más, Nadia. Creo, creo que puedo entender que me odies por esto porque me estoy aprovechando de tu confianza y porque siempre has sido demasiado buena conmigo. No me sentía bien quedándome callada con esto y por eso espero que me perdones. Solo quiero ser sincera contigo y, y, puedo entender que después de esto ya no me abraces y todas esas cosas, pero necesitaba decírtelo porque me amargaba el alma ocultarte algo así; sentía que me aprovechaba de tu confianza.

          Sin palabras, me quedo mirándola. Lauren parecía incluso más pequeña encogida sobre sí misma, llorando. Se sentía tan diminuta, que me daba la sensación de que los sentimientos la habían sobrepasado por completo hasta casi hacerla despararecer. Despacio, la rodeo entre mis brazos. Lauren se pega más a mi cuerpo, hasta mojar por completo la parte del pecho de mi camisón.

          —¿Quieres tocarme?

          —Yo..., no voy a hacer nada que no quieras; estate tranquila. Me portaré bien contigo. —Sus palabras salen en un susurro.

          —Desde el primer momento en el que me miraste con tus inocentes ojos dorados, fui tuya. No habría nada en este mundo que me hiciera más feliz que me tocaras.

          Con incredulidad, Lauren me observa. Coloca sus manos vacilantes sobre mi hombro derecho y baja el tirante despacio, como si esperara que en cualquier momento le dijera que no. En cambio yo, con determinación, me quito la prenda por encima de la cabeza. Sus pupilas relucen inocentes y brillantes, antes de decidirse a empezar a recorrer cada recobeco de mí.

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