sábado, 1 de septiembre de 2018

Beatriz

               Entro en la consulta, como todos los días. Llevo mi pelo, castaño oscuro, recogido en una coleta que me acentúa el cuello largo y delgado. Sobre mis hombros huesudos, un vestido de tirantes amarillo. Las ojeras realzan incluso más mi cansancio. Los labios gruesos, pero secos y pálidos. La nariz larga y fina. De tan delicada, toda blanca, me siento como una hoja quebrada por el viento. Pequeña y delgaducha hoja. Hojita enferma, tal cual se me ve.

               Me siento. El tirante de mi vestido cae porque, como dije, soy toda huesos y nada me está bien. Me observas con tus ojos miel. Me recoloco el tirante sin devolverte la mirada; clavo mi iris frío en el parqué. «Buenos días, Beatriz», y asiento. No solo mis pupilas son hielo, sino también yo estoy siempre helada. «¿Podrías bajar el aire acondicionado? Tengo los pelos de punta». Sonríes con cierta incomodidad: el tirón de labios llega hasta la montura de tus gafas, que es azul. Las arrugas de felicidad acarician la comisura de tus ojos y te queda bien. Me molesta. Me gusta. No sé.

               —Siempre se me olvida apagarlo cuando vienes tú. —Eso es un alfiler, aunque no debería de serlo. Probablemente ocurra porque piensas poco en mí; tendrás muchos pacientes. ¿Quién soy yo entre tantos enfermos? Tan solo una más. Ahí plantada, fina, como el papel. Ojalá ser tan fina como para que me engullan los agujeros del maldito parqué. Donde se une cada tablón, caería yo. Y vería la humedad bajo la estructura. Me encontraría entonces con alguna cucaracha bien grande que me quisiera morder. Me miraría con sus ojos de insecto y abriría su boca de insecto. A lo mejor me partiría en dos. O a lo mejor llegaría un ratoncito, de los pequeños y blancos con ojos rojos. Me miraría con sus ojos rojos y yo querría ser su amiga. Siempre me gustaron los hámsters.

               —No importa —miento—. En un rato se me irá el frío.

               —Y, bueno, yendo a lo importante... ¿Cómo estás, Beatriz? Llevaba ya una semana sin verte y me gustaría que me dijeras si has progresado. —Sonrío porque es lo que toca. Sonreír con mis labios secos, rotos. Siempre rasgados porque hablar nunca había sido lo mío. Boca rasgada, de dientes enormes. Así era yo.

               —Hice la lista que me dijiste. De cosas que me gustaban y que debería de empezar a fomentar.

               —¿Qué cosas has descubierto que te gustan?

               —Me gusta bailar cuando llevo falda, porque vuela. Me gustan las faldas y los vestidos por eso. —Hago una pausa para recolocarme el tirante que, por desgracia, se me ha vuelto a caer. —Me gusta mi nombre; suena bien. Me gusta cuando nieva aquí en Madrid: me identifico con la nieve. Es fría y blanca como yo. También me gusta escuchar música triste y llorar mientras me pregunto qué significará su maldita letra en inglés. Y... —Paro en seco para leer el folio donde lo tengo todo apuntado. Me he puesto nerviosa y se me han ido de la cabeza todas las ideas. Sacudo la falda para disimular la incomodidad aunque creo que me hace ver más ortopédica todavía. —Quiero aprender a coser, parece divertido. También me gustaría maquillarme como las chicas que veo en instagram, y tener un pelo bonito. Y..., creo que ya. No he escrito más cosas.

               Me da la sensación de que en tu escrutinio encuentro ternura, junto a cierto paternalismo. Me molesta el paternalismo porque es el pan mío de cada día, así que decido enfocarme en la ternura. Lo que proyecto en los demás no suele ir abanderado de aquel sentimiento, sino de cierta incomodidad y pena. En ocasiones también me miran como si fuera un sujeto de experimentos. De hecho, recuerdo que también lo hiciste tú el primer día que entré por la puerta. Te lo perdoné porque me pareciste guapo y con los guapos es más sencillo hacer la vista gorda; tenéis esa fortuna, los entes superiores. A las enfermas como yo nunca les hacen la vista gorda. La gente es muy intransigente contigo cuando sabe que toda tú estás mal.

               A veces creo que te quiero, pero luego vuelvo a analizar el sentimiento y se convierte en odio. En envidia, rabia, y mucha impotencia. Es una emoción que tiene arraigadas muchas preguntas; la primera de ellas es la más típica de todas «¿Por qué yo?». Por qué tuve que tener yo la mala suerte de estar mal. De ser fea, blanca y triste. De no saber sonreír ni hablar con las personas. ¿Por qué no pude haber sido una chica normal con una vida normal? Y sonreír y enfocarme en tonterías. No tener problemas para ir con la gente. No agotarme cada vez que trato de hablar con alguien.

               La siguiente pregunta iba más enfocada a ti, aunque yo siguiera siendo el centro. «¿Cómo serías conmigo si fuera alguien sin problemas?». ¿Querrías ser mi amigo si fuera una chica normal? ¿Te caería bien? ¿Te podría gustar? Luego me respondo sola con el rotundo no. No tenemos nada en común, en realidad. Qué esté enferma hace que tengamos algo para relacionarnos: te intereso, porque soy tu trabajo. Ergo, tu interés no soy yo, sino mi enfermedad. Ahí es cuando te empiezo a odiar un poco. Una parte de mí, la más sádica, quiere hacerte daño. Hay una parte en mi corazón que te quiere destrozar. Me gustaría verte siendo tan mierda como yo: seguro que tu sonrisa no sería tan radiante y te costaría bastante considerar esta vida como algo positivo. No serías optimista y te parecerías a mí mucho más. Mi parte sádica sabe que si estuvieras tan triste como yo, quizá me podrías querer. Que, siendo feliz como eres, para mí serás inalcanzable.

               Para terminar hay otro cachito de mí que se conforma con mirarte a lo lejos, con el platonismo, y quiere que sigas siendo así. Creo que es de las pocas cosas que me envuelven que podrían considerarse algo bueno. En la mayoría de ocasiones intento aferrarme a ella para no perder la poca cordura que me queda. Luego veo esos detalles en los que se nota que te importo bien poco; como con el aire acondicionado, y mi lado sádico quiere hacerte arder. Crear una guerra que te parta en mil pedazos.
               —Te gustan muchas cosas, Beatriz. Estoy seguro de que si te enfocas en ellas podrían hacer de salvavidas y te sentirás mejor. —Asiento. Te quitas las gafas para frotarte los ojos; hasta ahora no me había dado cuenta de que estás cansado.

               —Si no te encuentras bien me puedo marchar. Ya nos veremos la semana que viene, ¿está bien?—espeto de carrerilla. En realidad no me quiero ir; me gusta tu compañía. Sé que probablemente no sea recíproco dado tu trabajo, pero está bien para mí compartir un rato a tu lado. Me sabe mal que no estés bien, así que lo mejor sería irme. No obstante me quedo sentada, arañando segundos. Vuelves a colocarte las gafas y a rascarte la escasa barba que tienes en la zona de la perilla. Es un tic, lo haces pero no sé por qué. De tan guapo que eres duele mirarte. Me vuelvo a colocar el tirante. Tus ojos derrapan de mi hombro huesudo, al hielo azul que me regalaron de iris.

               —Quédate, no es para tanto —musitas. Sonrío reticente, pero acepto. La ternura de tu voz está ahí, asesinando tanto a mi parte sádica, como a la que se pregunta por qué la vida ha sido tan mala conmigo. Solo queda el fragmento de mí que desea que seas feliz. Quizá, solo quizá, algún día descubra que me quieres un poquito. Solo un poco. Soy pequeña, delgada y blanca: no hace falta demasiado calor para hacer derretir mi hielo.

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