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sábado, 1 de septiembre de 2018

Beatriz

               Entro en la consulta, como todos los días. Llevo mi pelo, castaño oscuro, recogido en una coleta que me acentúa el cuello largo y delgado. Sobre mis hombros huesudos, un vestido de tirantes amarillo. Las ojeras realzan incluso más mi cansancio. Los labios gruesos, pero secos y pálidos. La nariz larga y fina. De tan delicada, toda blanca, me siento como una hoja quebrada por el viento. Pequeña y delgaducha hoja. Hojita enferma, tal cual se me ve.

               Me siento. El tirante de mi vestido cae porque, como dije, soy toda huesos y nada me está bien. Me observas con tus ojos miel. Me recoloco el tirante sin devolverte la mirada; clavo mi iris frío en el parqué. «Buenos días, Beatriz», y asiento. No solo mis pupilas son hielo, sino también yo estoy siempre helada. «¿Podrías bajar el aire acondicionado? Tengo los pelos de punta». Sonríes con cierta incomodidad: el tirón de labios llega hasta la montura de tus gafas, que es azul. Las arrugas de felicidad acarician la comisura de tus ojos y te queda bien. Me molesta. Me gusta. No sé.

               —Siempre se me olvida apagarlo cuando vienes tú. —Eso es un alfiler, aunque no debería de serlo. Probablemente ocurra porque piensas poco en mí; tendrás muchos pacientes. ¿Quién soy yo entre tantos enfermos? Tan solo una más. Ahí plantada, fina, como el papel. Ojalá ser tan fina como para que me engullan los agujeros del maldito parqué. Donde se une cada tablón, caería yo. Y vería la humedad bajo la estructura. Me encontraría entonces con alguna cucaracha bien grande que me quisiera morder. Me miraría con sus ojos de insecto y abriría su boca de insecto. A lo mejor me partiría en dos. O a lo mejor llegaría un ratoncito, de los pequeños y blancos con ojos rojos. Me miraría con sus ojos rojos y yo querría ser su amiga. Siempre me gustaron los hámsters.

               —No importa —miento—. En un rato se me irá el frío.

               —Y, bueno, yendo a lo importante... ¿Cómo estás, Beatriz? Llevaba ya una semana sin verte y me gustaría que me dijeras si has progresado. —Sonrío porque es lo que toca. Sonreír con mis labios secos, rotos. Siempre rasgados porque hablar nunca había sido lo mío. Boca rasgada, de dientes enormes. Así era yo.

               —Hice la lista que me dijiste. De cosas que me gustaban y que debería de empezar a fomentar.

               —¿Qué cosas has descubierto que te gustan?

               —Me gusta bailar cuando llevo falda, porque vuela. Me gustan las faldas y los vestidos por eso. —Hago una pausa para recolocarme el tirante que, por desgracia, se me ha vuelto a caer. —Me gusta mi nombre; suena bien. Me gusta cuando nieva aquí en Madrid: me identifico con la nieve. Es fría y blanca como yo. También me gusta escuchar música triste y llorar mientras me pregunto qué significará su maldita letra en inglés. Y... —Paro en seco para leer el folio donde lo tengo todo apuntado. Me he puesto nerviosa y se me han ido de la cabeza todas las ideas. Sacudo la falda para disimular la incomodidad aunque creo que me hace ver más ortopédica todavía. —Quiero aprender a coser, parece divertido. También me gustaría maquillarme como las chicas que veo en instagram, y tener un pelo bonito. Y..., creo que ya. No he escrito más cosas.

               Me da la sensación de que en tu escrutinio encuentro ternura, junto a cierto paternalismo. Me molesta el paternalismo porque es el pan mío de cada día, así que decido enfocarme en la ternura. Lo que proyecto en los demás no suele ir abanderado de aquel sentimiento, sino de cierta incomodidad y pena. En ocasiones también me miran como si fuera un sujeto de experimentos. De hecho, recuerdo que también lo hiciste tú el primer día que entré por la puerta. Te lo perdoné porque me pareciste guapo y con los guapos es más sencillo hacer la vista gorda; tenéis esa fortuna, los entes superiores. A las enfermas como yo nunca les hacen la vista gorda. La gente es muy intransigente contigo cuando sabe que toda tú estás mal.

               A veces creo que te quiero, pero luego vuelvo a analizar el sentimiento y se convierte en odio. En envidia, rabia, y mucha impotencia. Es una emoción que tiene arraigadas muchas preguntas; la primera de ellas es la más típica de todas «¿Por qué yo?». Por qué tuve que tener yo la mala suerte de estar mal. De ser fea, blanca y triste. De no saber sonreír ni hablar con las personas. ¿Por qué no pude haber sido una chica normal con una vida normal? Y sonreír y enfocarme en tonterías. No tener problemas para ir con la gente. No agotarme cada vez que trato de hablar con alguien.

               La siguiente pregunta iba más enfocada a ti, aunque yo siguiera siendo el centro. «¿Cómo serías conmigo si fuera alguien sin problemas?». ¿Querrías ser mi amigo si fuera una chica normal? ¿Te caería bien? ¿Te podría gustar? Luego me respondo sola con el rotundo no. No tenemos nada en común, en realidad. Qué esté enferma hace que tengamos algo para relacionarnos: te intereso, porque soy tu trabajo. Ergo, tu interés no soy yo, sino mi enfermedad. Ahí es cuando te empiezo a odiar un poco. Una parte de mí, la más sádica, quiere hacerte daño. Hay una parte en mi corazón que te quiere destrozar. Me gustaría verte siendo tan mierda como yo: seguro que tu sonrisa no sería tan radiante y te costaría bastante considerar esta vida como algo positivo. No serías optimista y te parecerías a mí mucho más. Mi parte sádica sabe que si estuvieras tan triste como yo, quizá me podrías querer. Que, siendo feliz como eres, para mí serás inalcanzable.

               Para terminar hay otro cachito de mí que se conforma con mirarte a lo lejos, con el platonismo, y quiere que sigas siendo así. Creo que es de las pocas cosas que me envuelven que podrían considerarse algo bueno. En la mayoría de ocasiones intento aferrarme a ella para no perder la poca cordura que me queda. Luego veo esos detalles en los que se nota que te importo bien poco; como con el aire acondicionado, y mi lado sádico quiere hacerte arder. Crear una guerra que te parta en mil pedazos.
               —Te gustan muchas cosas, Beatriz. Estoy seguro de que si te enfocas en ellas podrían hacer de salvavidas y te sentirás mejor. —Asiento. Te quitas las gafas para frotarte los ojos; hasta ahora no me había dado cuenta de que estás cansado.

               —Si no te encuentras bien me puedo marchar. Ya nos veremos la semana que viene, ¿está bien?—espeto de carrerilla. En realidad no me quiero ir; me gusta tu compañía. Sé que probablemente no sea recíproco dado tu trabajo, pero está bien para mí compartir un rato a tu lado. Me sabe mal que no estés bien, así que lo mejor sería irme. No obstante me quedo sentada, arañando segundos. Vuelves a colocarte las gafas y a rascarte la escasa barba que tienes en la zona de la perilla. Es un tic, lo haces pero no sé por qué. De tan guapo que eres duele mirarte. Me vuelvo a colocar el tirante. Tus ojos derrapan de mi hombro huesudo, al hielo azul que me regalaron de iris.

               —Quédate, no es para tanto —musitas. Sonrío reticente, pero acepto. La ternura de tu voz está ahí, asesinando tanto a mi parte sádica, como a la que se pregunta por qué la vida ha sido tan mala conmigo. Solo queda el fragmento de mí que desea que seas feliz. Quizá, solo quizá, algún día descubra que me quieres un poquito. Solo un poco. Soy pequeña, delgada y blanca: no hace falta demasiado calor para hacer derretir mi hielo.

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viernes, 21 de julio de 2017

Lauren&Nadia

          Me quedo mirando cómo duerme a mi lado Lauren: descansa panzabajo y con los labios entreabiertos. Puedo ver a través de su boca cómo relucen sus dientes blancos y brillantes por la saliva. No consigo apartar la vista de todas y cada una de las inspiraciones que toma a través de esa boca que hace que me relama la mía, como si estuviera hambrienta y solo la quisiera saborear. El color rosado de sus labios es el mismo que el de sus mejillas, que tanto me gustan. Tiene las pestañas cortas de un tono rubio claro, igual que su pelo y su piel pálida.

          Como no quería aprovecharme de la confianza de mi mejor amiga, en lugar de tocarla tomo mi libreta de dibujo. Saco también un lápiz de trazado oscuro y punta blanda, para empezar a bosquejar. Lo primero que hago es delinear la sinuosa figura de su cuerpo: Lauren es menuda, de piernas suaves pero cortas y bracitos de muñeca. La evoco con sus ojos dorados, con su mirada soñadora e infantil. En bastantes ocasiones me he sentido mal conmigo misma al pensar en hacerle cosas sucias. Algo en mi cabeza me grita que si la acaricio podría arrebatarle parte de su inocencia.

          La figura que he hecho se ve redondeada y sugerente, cosa que no acompaña en absoluto con la niñez de sus pupilas pero aquello, desde luego, es la principal contradicción que la hace especial. Después, tengo la desfachatez de dibujar la forma de sus pechos pequeños, que siempre he querido saber si se sentían tan delicados como lo eran a simple vista. Y, más tarde, pinto cada lunar que podía recordar que tenía: su piel estaba repleta y yo, por mi parte, moría por las ganas de memorizarlos. Cuando se desnudaba intentaba no mirarla, pero mis ojos se desviaban hacia ellos para grabarlos a fuego en mi enferma cabeza.

          Lauren se sacudió en su sueño, así que alejé la libreta como si quemara. Se giró hacia mí y el dorado de sus ojos se clavó en mi aguamarina. Como era habitual salivé, antes de regalarle una sonrisa forzada.

          —¿Te he despertado? Lo siento, no podía dormir. —Lauren arrugó su nariz chata.

          —No importa, ya he dormido mucho. —Hizo una pausa. —No tengo muchas ganas de dormir: no paro de darle vueltas a algo que tengo en mente, pero no se va. —Coloca su cabeza en mi regazo, en busca de atención. —Tócame el pelo; me gusta que me toques el pelo. —La obedezco, como siempre. —Es solo... Que no sé cómo me siento desde la otra noche, que salimos a una discoteca.

          —Ya te dije que ese ambiente no te iba a gustar: está lleno de tipos que solo buscan lanzarse a la yugular de cualquier chica —musité, algo molesta—. Al final te acobardaste y solo quisiste que no fuéramos.

          —A veces pienso que odio a los hombres, Nadia. Creo que...., creo que está mal, pero los odio. Siempre se creen que saben más que tú y tienen la imperiosa necesidad de sobreponerse. Y cuando te hablan, sobre todo cuando ligan, actúan como si estuvieran haciéndote un favor al estar a tu lado. —Suspira. —Yo creo que los odio, porque ellos y su ego son insoportables. Y las espectativas que se construyen sobre cómo debes de actuar, y el paternalismo que tienen. De verdad, Nadia, no fue la discoteca: fueron los hombres. Si solo hubiesen estado chicas, habría sido divertido. Pero estaban ellos ahí, pensando sucio sobre nosotras y haciéndonoslo saber con su condescendencia.

          »Odio gustarles. Odio que me miren, Nadia, y esas ideas perversas que ves que tienen sobre mí y, lo peor, que se creen con derecho de tener: como si (creo que me repito) me estuvieran haciendo un favor al tratarme como un objeto. Yo soy una persona y quiero que me conozcan y me traten como a una igual, por eso no he tenido todavía novio. Me voy a quedar viviendo contigo el resto de mi vida: no sé para qué quiero a hombres cuando te tengo a ti, que eres mejor que ellos porque no te aprovechas de mi confianza.

          Una oleada de culpa me pesa en la garganta. Me siento tan mal que se me ponen los vellos de punta porque, en el fondo, yo soy igual que ellos. Aún así, eso es algo que Lauren no tiene porqué saber; por eso me quedo callada. Me dolería lo incalculable que descubriera lo corrupta que estaba yo por dentro.

          —Bueno, hay muchos chicos que no son así, Lauren. Es solo que los que actúan de esa forma, se hacen mucho de notar. —Suspiro, antes de añadir a regañadientes: —Seguro que más adelante encuentras a la persona adecuada.

          —Creo que no me has entendido, Nadia. Odio a los hombres y... —Sus preciosos ojos se clavan en el suelo. —Nunca me van a gustar.

          —No entiendo por qué eres tan negativa, en serio. ¿Pretendes estar toda tu vida pegada a mí? Sabes de sobra que no soy tu madre. —Pero no me importa en absoluto cuidarte, aunque esta última frase no la añado en voz alta. En realidad me hacía ilusión que dijera esas cosas pero sus palabras, a fin de cuentas, no eran lo mejor para su futuro. Por encima de mi felicidad, estaba la suya.

          Lauren se incorpora para estudiarme: está a punto de llorar pero no soy capaz de comprender la razón que la lleva a actuar así. Levanto mi mano, para retirar su cabello enmarañado de la cara, pero ella la aparta de un golpe.

          —¡Déjame! No me entiendes —me reconviene ofuscada. De rodillas sobre el colchón, me agita con la poca fuerza que tiene.  —No me gustan los hombres, solo quiero que me toques tú, ¿entiendes? Esta mierda no deja de torturarme: al principio solo quería llamar tu atención porque me parecías simpática y me encantaba la manera en la que olía tu colonia. También me gustaba cómo me tocabas; como si tuvieras miedo a romperme, tan suave... Las pocas veces que un chico me ha puesto las manos encima ha sido algo tosco y en busca de conseguir cosas de mí. En cambio lo tuyo siempre es tan tierno y desinteresado que...

          »Luego..., luego..., quería que me tocaras siempre. Me reconfortaba cuando me abrazabas o rascabas la espalda, así que buscaba excusas para que lo hicieras. Siempre cedes a tocarme, pero nunca esperas nada a cambio: solo quieres hacerme sentir bien. Quieres lo mejor para mí, me dices siempre. —Se queda callada, como si tuviera miedo de seguir hablando. —Pero yo no busco cosas desinteresadas de ti desde hace tiempo. Yo —empieza a temblarle la voz—, yo a veces te miro desnuda y me pregunto si me dejarías acariciarte o darte besos en algunos sitios. Me pongo nerviosa cuando lo pienso, pero no puedo evitar pensarlo.

          »Quise ir a la discoteca para conocer chicos y ver qué tan mal estaba mi cabeza, sin embargo aquel lugar solo me hizo reafirmarme más en cómo me sentía con ellos y lo bien que me hacías sentir tú. Siento que no puedo callarme esto más, Nadia. Creo, creo que puedo entender que me odies por esto porque me estoy aprovechando de tu confianza y porque siempre has sido demasiado buena conmigo. No me sentía bien quedándome callada con esto y por eso espero que me perdones. Solo quiero ser sincera contigo y, y, puedo entender que después de esto ya no me abraces y todas esas cosas, pero necesitaba decírtelo porque me amargaba el alma ocultarte algo así; sentía que me aprovechaba de tu confianza.

          Sin palabras, me quedo mirándola. Lauren parecía incluso más pequeña encogida sobre sí misma, llorando. Se sentía tan diminuta, que me daba la sensación de que los sentimientos la habían sobrepasado por completo hasta casi hacerla despararecer. Despacio, la rodeo entre mis brazos. Lauren se pega más a mi cuerpo, hasta mojar por completo la parte del pecho de mi camisón.

          —¿Quieres tocarme?

          —Yo..., no voy a hacer nada que no quieras; estate tranquila. Me portaré bien contigo. —Sus palabras salen en un susurro.

          —Desde el primer momento en el que me miraste con tus inocentes ojos dorados, fui tuya. No habría nada en este mundo que me hiciera más feliz que me tocaras.

          Con incredulidad, Lauren me observa. Coloca sus manos vacilantes sobre mi hombro derecho y baja el tirante despacio, como si esperara que en cualquier momento le dijera que no. En cambio yo, con determinación, me quito la prenda por encima de la cabeza. Sus pupilas relucen inocentes y brillantes, antes de decidirse a empezar a recorrer cada recobeco de mí.

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sábado, 3 de junio de 2017

El peluche de Shasha

                 Una de las cosas que menos triste hacían sentir a Shasha era el señor Oso. Lo consideraba su mejor amigo porque, desde el primer día que lo cosió con mamá, estuvo a su lado haciéndole compañía. Además, había sido creado para eso. Su deber era ser un caballero andante de felpa sin armadura. Las armaduras tenían poco estilo porque pesaban mucho y combinaban mal con las faldas y a Shasha le encantaban las faldas llenas de volantes de color rosa. Así que el señor Oso no tenía armadura, pero sí lacito. Alguna que otra vez Shasha cogía sus cintas para el pelo y se las ataba en el cuello. Las que más les gustaban al señor Oso eran de color malva o violeta, porque combinaban mejor con sus botones.

                 El día que Shasha fabricó al señor Oso con mamá llovía. Lo habían tomado como una forma de entretenerse porque no podían salir a la calle y les daban miedo los truenos. Carla, la mamá de Shasha, se sobresaltaba cada vez que se iluminaba el cielo. Luego esperaba el estruendo que le seguía con los dientes apretados mientas miraba hacia un punto muerto. Dentro de su cabeza se decía a sí misma que era estúpido estar asustada pero el pánico, como la mayoría de emociones, era algo irracional.

                 Carla tenía una máquina de coser que heredó de la abuela de Shasha y bastantes utensilios de costura. La abuela se la dejó en herencia con la esperanza de que en algún momento de su vida aquello le gustaría pero, como ocurría con las emociones, tampoco podían escogerse los gustos. Así que Carla odiaba coser. Era pésima y desganada, aunque nunca lo admitiría en voz alta. «Podríamos hacerte un peluche, ¿quieres?». En respuesta Shasha la miró con los ojos entreabiertos por la sorpresa; lo cierto era que ni siquiera ella, con ocho años, se esperaba que su mamá hiciera algo útil con las telas. Asintió un tanto insegura porque, aunque mamá no disfrutara de coser, le gustaba compartir tiempo con ella.

                 Sacaron la felpa de unos cojines viejos y la tela de una chaqueta marrón que mamá odiaba de papá porque estaba muy gastada y era, según le dijo, muy fea. Eso a Shasha la ofendió un poco, porque no quería que el señor Oso fuera feo; lo quería con estilo. Las proporciones del patrón salieron horrendas, como era de esperar: el triste peluche terminó con la cabeza más grande que su cuerpecito. El pobre señor Oso tenía que hacer malabarismos para caminar sin caerse. Cuando Shasha lo tocaba, con la inseguridad de romper las pocas costuras que le hizo Carla, se sorprendió que lo suave y blandito que era.

                 Los ojos del señor Oso también estaban desproporcionados. Al principio Carla pensó que lo ideal sería hacerlos en un bordado, pero Shasha la instó a que le pusiera botones para que se pareciera al monstruo de Coraline. El problema fue que no tenían dos botones iguales y, como consecuencia, el señor Oso tuvo un ojo más grande que el otro. Shasha se rio, porque aquella expresión facial de peluche le recordó a cuando papá alzaba una ceja. Papá alzaba una ceja, luego le hacía cosquillas. A veces también alzaba una ceja cuando le había escondido dulces o preparado tortitas de desayuno. El señor Oso era como papá, pero de felpa.

                 Cuando Carla terminó de coser con la ayuda de su hija, pensó en que lo mejor sería desecharlo. Era un peluche desproporcionado, con las costuras mal hechas y las patitas demasiado enanas. Pero los ojos de Shasha brillaban con la ilusión de haber encontrado a su mejor amigo. Corrió a su habitación para sacar su lazo favorito. Se lo ató al peluche, después corrió con él entre sus brazos hacia el cuarto de baño. Abrió el grifo para salpicarlo en lo que para ella fue su bautismo. Solemne, de rodillas, miró hacia mamá con una sonrisa que era tan grande que parecía etérea. «Me encanta; será mi mejor amigo —emitió un suspiro—. Creo que ahora me gustan más los días de lluvia».

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Dibujo realizado por David Ahufinger.


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sábado, 27 de mayo de 2017

Cápsula del tiempo

                Me han mandado para clase de filosofía escribir en una cápsula del tiempo. Bueno, si te soy sincera no tendría por qué escribir necesariamente una carta, pero en mi caso lo decidí así. Debíamos de dejar algo de nosotros en la maldita cápsula y yo, en cambio, decidí dejar una confesión. De hecho, si no hubiera llegado a tener una confesión para ti, pasaría del tema. Nunca fui una alumna aplicada en exceso, o cosa así. No me gustaban las clases, la gente y… Creo que sobre todo no me gusta la gente.

                Pero ahí lo tienes: hice un descubrimiento. Una cavilación. Qué bonita es la palabra cavilar, ¿cierto? Me siento súper inteligente cuando la uso; como si en lugar de ser una adolescente de instituto fuera una chica súper lista que hace cosas útiles para su planeta. Aunque este no es mi planeta y no le debo nada. Aquí tienes mi confesión: soy una alienígena. ¿De dónde vengo? Pues ni idea, porque absolutamente toda mi vida he estado en la Tierra.

                Sé que vengo de fuera porque soy una mujercilla verde, de tres ojos y en lugar de orejas tengo la gramola de un tocadiscos. ¿Los tocadiscos tienen gramola? Cómo si eso importara. Tampoco hay material biológico en los tocadiscos, así que no los podría tener de orejas. Los tocadiscos no son orgánicos, porque no están vivos. Cuando suena la música pienso en que, quizá, que sean orgánicos o no tampoco importa demasiado, porque parecen vivos. Como ya sabrás, tiene mucho más valor que algo que no tenga vida, la aparente. Nosotros la mayoría de veces estamos muertos por dentro y en cambio tenemos vida. Así que a fin de cuentas no nos diferenciamos tanto de las gramolas.

                Muchas veces me he imaginado de color verde, porque es un tono muy bonito. Con la piel de color verde o naranja. Y con tres ojos: dos ojos humanos y otro en la frente. Ya sé que no soy la más original del mundo, pero queda muy bien tener un ojo en la frente. Además, si no te gusta te puedes dejar flequillo para que no se vea. Soy una alienígena porque me imagino de esa forma en lugar de humana. Aunque ahora que lo pienso tal vez los alienígenas tengan aspecto de humano y fracase en mi plan de irme a vivir a otro planeta.

            Bueno, esta carta la escribo para que cuando la gente de mi planeta colonice la Tierra para exterminar a la raza humana, sepan que estuve aquí. He pensado en dejarles dibujos, también, porque tal vez no entiendan mi idioma. Pero luego caí en la cuenta de que debería de ir a comprar lápices de madera. Dibujar también se me da mal. A lo mejor ven mis representaciones horribles y se piensan que me estoy riendo de ellos. Compis alienígenas, si lográis descifrar el idioma humanoide español, no os quiero ofender. Os echo de menos, aunque nunca nos hayamos conocido y comprendo, de corazón, que los matéis a todos. ¿Quién en su sano juicio no querría eliminar a la humanidad?

                Sé que te has comunicado conmigo, compi alienígena. Voy a ponerte nombre, ¿de acuerdo? Para que esta carta se sienta menos fría. Te llamarás Charles, porque suena súper pijo y yo sé que tienes que tener dinero para poder mantener una nave espacial. Fue hace unas noches, Charles. Aquella madrugada estaba llorando mucho porque mi vida era una mierda. Mamá decía que eran cosas de la adolescencia, pero el asunto era (y sigue siendo) demasiado intenso para ser únicamente adolescencia. Aquella madrugada abrí mi tercer ojo, y vi de fuera cómo era la Tierra. Abrir el tercer ojo en realidad era una tarea complicada: el mundo entero se confabula para que no ocurra y, cuando tomas conciencia de tu alrededor, solo te la niegan.

             Tengo diecisiete años, Charles, y a lo largo de todo lo que llevo viva, me he sentido triste. He llegado a pensar que yo era la que estaba poseída por una gramola y la gramola la que estaba viva de verdad. Porque joder, Charles, aquella madrugada estuve llorando mucho. Pensar que tu vida no tiene sentido, duele cantidad. No. Creo que me he expresado mal: aquella madrugada lloraba porque sentía que mi vida no tenía el sentido que quería darle. Mi vida no estaba vacía; era yo, que no podía hacer lo que me gustaría de ella. Por eso me sentía como un amasijo sin forma. Absolutamente siempre he tenido que hacer lo que esperaban de mí y la recompensa que he recibido ha sido insatisfactoria.

                Estudio y suspendo porque las clases no me llenan y la gente, en general, tampoco lo hace. No paro de preguntarme por qué tengo que estar horas y horas en un lugar en el que no me siento cómoda y donde no incentivan de verdad mis intereses. Quiero que me enseñen a ser libre y a pensar por mí misma; no quiero que me escupan conocimientos a la cara para que con ellos sea un miembro productivo de esta sociedad. No quiero ser un miembro productivo de esta sociedad, Charles, solo quiero ser yo. Hola, mi nombre es Jimena y quiero ser yo misma. Me gustaría sentir que la vida que vivo es mía. Los humanos, qué son tan crueles, se encadenan a sí mismos los unos a los otros. ¿Y eso a quién beneficia? A humanos con traje de chaqueta. Humanos de hidroeléctricas, del IBEX 35 y a los propietarios de Bankia. Son unos terrícolas odiosos, porque se dedican a juzgarlo todo desde su posición privilegiada, Charles. Espero que sean los primeros a los que fulmines con tu rayo láser.

                Aquella misma madrugada, llovía. Fue todo muy dramático, porque mis lágrimas iban con el agua. Mis gritos, con los truenos. Toda yo fui lluvia, y me sentí completa. Aquella madrugada fue la que más me sentí yo misma porque me pude redescubrir como dueña de mis lágrimas. Era la auténtica dueña de mi tristeza y esa tristeza era legítima. Cuando me sentía desesperada porque todo lo que había vivido carecía de lógica, solo me lanzaban el discurso de que exageraba. «Las cosas son así, Jimena. La vida siempre ha sido así». A hacer eso, controlaban mi realidad: su negativa eclipsaba mi perspectiva hasta terminar distorsionándola. Entonces me convencían de que mi única finalidad era convertirme en una adulta para llegar a fin de mes.

                Cuando estaba ida por el llanto, rompí la ventana de mi habitación. Entró la lluvia que empapó mi pijama. El agua estropeó los trabajos de clase del escritorio y el viento me provocó una buena pulmonía, pero mereció la pena. Vaya si mereció la pena. Aquella tristeza que materializaba el agua, aquel frío que me calaba los huesos eran las únicas cosas reales que experimentaba en años. Luego llegó la luz. Una luz blanca me dejó ciega, y los vi. Me estabais tratando de abducir para sacarme del infierno que era este maldito planeta. Me dio pena por mamá, porque la quiero mucho. Si me lleváis lejos me gustaría que ella se fuera conmigo aunque no sea autóctona de nuestro planeta. Mamá no se merece vivir encerrada en los grilletes del planeta Tierra.

                Luego me desperté con el desazón de que no me hubierais llevado con vosotros. No sé qué pasó, pero mamá me dijo que tal vez actué como sonámbula. Pero yo lo sentí tan real que… Mamá me dijo que no, que la luz quizá fue la farola del parque, que brillaba mucho. Pero no. Pero sí. También pensaba en que quizá estaba ya en mi planeta y todo lo vivido en la Tierra había sido un sueño muy largo. Una existencia así, no podía ser real. Un mundo como en el que estaba, tenía que ser una farsa.

                Charles, espero que mis palabras puedan servir de algo. Venid pronto a por los alienígenas que aún descansamos en la Tierra. Sacadnos de aquí, te lo imploro. No sobreviviremos mucho más en un mundo repleto de rutina y obligaciones inocuas. Sálvanos, Charles. Queremos regresar a nuestro planeta. Queremos volver a ser dueños de nuestra vida.

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miércoles, 1 de febrero de 2017

Te quiero, Mary

          No tengo muy claro cómo empezar esta carta, Mary. Me siento estúpido haciendo esto, pero tampoco veo otra forma mejor de conseguir mi propósito. Te escribo estas letras porque te quiero, mucho; tanto que a veces incluso me da miedo, ¿sabes? Cuando te vi solo pude pensar en esa estúpida falda rosa, tan larga, que llevabas puesta. Tenía unos lunares blancos ridículamente grandes y una mancha de tinta azul en una esquina.  Recuerdo que a mi cabeza vinieron dos preguntas: la primera fue cómo habías tenido el valor para ponerte esa prenda y la segunda fue cómo narices te quedaba tan bien si era tan fea. También me pregunté por la mancha, aunque fue una duda más vaga. El caso es que pensé que tenías algo que te hacía verte perfecta siempre. Te lo juro, Mary, te juro que lo pensé. Sigo pensándolo ahora. Hagas lo que hagas y lleves la ropa que lleves seguirás pareciendo una princesa.

          Intenté acercarme a hablarte, llamar tu atención. Y me sentía torpe. Era como si todas mis extremidades fueran pesadas: como si en lugar de brazos y piernas tuviera unos incómodos colgajos que no obedecían bien a mis acciones. Intenté mantenerme firme, con un porte elegante. Y fallé estrepitosamente. Fue entonces cuando te acercaste a mí y me miraste con esos ojos de gato que tanto me gustan. Amo la forma que tienen. Cuando te los maquillas y sonríes se alargan en los extremos y parecen de otro mundo. Son tan perfectos que duelen, Mary, créeme. Me miraste y yo me sentí la persona más afortunada de este planeta y de mucho más lejos. Luego la cosa se puso mejor cuando me hablaste. Sonabas insegura: quizá te sentías tan estúpida como yo o querías quedar bien. Qué sé yo; me gusta pensar que te pasó como a mí; me reconforta.

          Mary con esa falda horrible de lunares me enamoraste; durante un tiempo se volvió mi favorita. Por eso me dio pena cuando la tiraste diciendo que ya no te gustaba. Entiéndeme, aquella prenda era un recuerdo de la primera vez que nuestras vidas se cruzaron. Creo que durante un tiempo eché de menos su color rosa chillón y los lunares; los lunares excesivamente grandes. ¿Te he dicho ya que te quiero? Mucho, Mary, mucho. Mi pecho canta cada vez que te ve. Quiero pedirte disculpas por el beso que te di ayer; creo que fui demasiado impulsivo. Pero tus ojos estaban ahí, de gato, hermosos. Brillaban tanto... Ese marrón se volvió mi obsesión. No podía quitarme de la cabeza el tono avellana, su trazado negro de maquillaje, y la forma en la que su pupila se dilataba. Mary, fueron tus ojos. Y tu boca. Y tu sonrisa. Y tu olor.

          Yo solo me volví loco hasta perder el control. Te besé, luego me arrepentí. Tampoco era como si me quisiera aprovechar de tu confianza. Yo solo... Mary, no sé explicarme, de verdad. Me quedo sin palabras como un idiota. Tan idiota como ese día de la falda de lunares en el que nos conocimos: el día en el que me di cuenta de que eras demasiada mujer para mí. Pero aún te codicio, ¿sabes? Me gustas demasiado, y soy egoísta. Quiero que me quieras, Mary. Por favor, déjame ser el amor de tu vida. Te amo, tanto que duele. Quiero ser tu hombre. Déjame amarte con todo mi corazón, te lo suplico. Prometo tratarte como la princesa que eres, Mary. 

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viernes, 27 de enero de 2017

El secreto de Delia y mamá

            Mamá todas las noches cuando se iba Narciso, el hermano mayor de Delia, lloraba. Mamá no sabía estar sola, se lo dijo a Delia alguna que otra vez. Necesitaba que la vigilaran, que la cuidaran, y nadie lo hacía. Delia sabía que mamá se portaba mal, que hacía cosas malas, pero no se lo decía a su hermano mayor para no ponerlo nervioso. A Delia le gustaba que Narciso pensara que mamá bebía menos y que era capaz de encargarse de cuidarla cuando no estaba él en casa. Odiaba cuando Narciso perdía la confianza en mamá, así que era mejor quedarse callada y guardar secretos.

            Mamá usaba mucho la palabra secretos con Delia y le había confesado alguna que otra vez que era su palabra especial. Era algo que compartía solo con mamá y con Narciso no. Con Narciso compartía cosas más divertidas que la hacían sentirse menos triste. Compartía las mañanas de escuela, los peinados de princesa que le hacía en el pelo y los dibujos que pintaba en clase. Delia muchas veces se había preguntado cómo su hermano, que no tenía el pelo tan largo como ella, era capaz de hacerle cosas tan bonitas en la cabeza. Tenía que tener mucho talento, por eso lo quería tanto. Narciso era especial y se merecía estar contento. 

            Mamá también era especial cuando no bebía de las botellas de cristal que guardaba en la despensa. Delia no entiendía cómo le gustaban. Muchas veces mamá le había dado de probar para compartir sus penas con ella y sabía horrible. Quemaba la garganta y olía raro. A Delia no le gustaba beber esas cosas; prefería el Cola Cao o la Coca Cola. El picor de la garganta de la Coca Cola era más divertido que el de aquellas botellas. A su hermano no le gustaba, tampoco, que bebiera Coca Cola; le dijo que cuando fuera más mayor podría beberla, que ahora era demasiado pequeña. Delia supo que si Narciso se enterara de que había bebido alguna vez de las botellas de mamá se enfadaría mucho. Aquel era otro secreto.

            Narciso pocas veces había visto a mamá bebiendo y Delia supo que pensaba que bebía poco y que cada vez estaba más limpia. ¿Limpia no era cuando alguien salía de la ducha? No terminaba de entender aquella palabra. También le dijo otras cosas a Delia, como que cuando mamá se rehabilitara él dejaría su trabajo y se pondría a estudiar. Narciso alguna vez lloraba porque decía que no tenía vida. Entonces era cuando Delia lo abrazaba y le regalaba un dibujo. 

            A veces se preguntaba cuándo iba a aprender el significado de todas las palabras que usaba su familia. Usaban muchas palabras que no entendía y Narciso muchas veces no se las sabía explicar o no quería hacerlo. Por eso Delia tenía un diccionario escondido debajo de su cama; no quería que supieran que ella investigaba palabras. También tenía muchos libros, pero aquello no era un secreto: Narciso o mamá se los regalaban o los cogía ella misma de la biblioteca del colegio.

            Precisamente aquella mañana había sacado un libro para leer. Mamá estaba en la cocina y gritaba. Delia no necesitaba estar allí para saber que también lloraba; cuando mamá bebía de la botella lloraba. Solía pensar que aquella bebida hacía estar triste a las personas y que, por ello, mamá lloraba tanto. Le dijo muchas veces que lo dejara, que se chivaría a Narciso, pero entonces mamá lloraba más y Delia se sentía más triste. 

            Había veces que cuando mamá lloraba se enfadaba, también. No llegó nunca a pegarla, pero sí la insultaba y decía cosas feas de ella, de su hermano y papá. Delia la ignoraba; se ponía a pintar o hacía como que leía. Pero lo cierto era que cuando mamá estaba así no se podía concentrar. Aun así lo mejor era no hacerle caso y esperar que se le pasara. Además, mamá era prudente, y trataba de no estar así cuando Narciso llegara a casa. 

            Aquella tarde mamá se había pasado, y estaba insultando, y Delia no lo aguantaba. Así que salió fuera de casa. Cogió su libreta de dibujos y se sentó en el jardín. Sacó el lápiz naranja, su favorito, y empezó a bosquejar una tarde en la piscina con toda la familia unida; con Narciso y mamá llevándola a la zona honda, de mayores, con sus manguitos puestos. Esperaba que Narciso volviera pronto a casa.

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miércoles, 25 de enero de 2017

Crónicas de Dafne

El mito:


        Corro con todas mis ganas. Me persigues mientras trato con ahínco de no desestabilizarme en mi huida. Trastabillo con una raíz seca. Un, dos, tres. Cojeo, retomo el equilibrio. Siento tu aliento en mi nuca, a pesar de que no estás lo suficientemente cerca. Se me pone el vello de punta pero continúo corriendo. El bosque espeso, lleno de ramas que me arañan los brazos. No las noto a penas, aunque la sangre gotea despacio; como si tuviera miedo a salir. Trastabillo de nuevo, caigo. Atino a percibir dos raspones en mis rodillas, antes de incorporarme. Un, dos, tres. Vuelvo a correr, pero me detienes. Tu mano derecha, que me toma del brazo lleno de cortes. La sangre que baila, el tono rojizo de la piel herida y el escozor que está ahí pero ignoro.

        —Dafne —murmuras sin aliento, como si fuera una súplica. Me retuerzo lejos de tu agarre, pero tienes más fuerzas. Mi mirada al cielo, rogando un milagro.

   —Suéltame, por favor… —Pero no me escuchas, Apolo, porque mi opinión nunca tuvo importancia; porque soy insignificante dentro de la ecuación. Pienso durante en otras a las que les ocurrió lo mismo, y las compadezco. No como ellas; nunca como ellas. Mi mirada al cielo, todavía rogando un milagro.

        —Dafne —repites, arrodillado ante mí como quien se postra ante un dios. ¿Me idolatras, Apolo? Me cuestiono con sorna. Lo suficiente como para hacerme esclava de algo que nunca quise. Deseo ser libre, pero ese es un deseo demasiado grande para alguien como yo. Un milagro, necesito un milagro.

        Tus pupilas se dilatan con angustia y yo, aprovechando tu distracción, trato de aventarme lejos de ti. Mis pies están sellados, enraizados en tierra. Mi brazo ya no sangra, ni siente. Ahora es hermoso: marrón tierra húmeda, coronado por unas delicadas hojas de laurel. Una sonrisa se construye en mi boca, mientras se disuelve lo poco humano que queda de mí.

        —¡No te vayas, Dafne! —imploras histérico. La calma se edifica desde lo más profundo de mi pecho. El último pensamiento coherente que tengo es que, al fin, soy libre.

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La versión actualizada:


        Corro con todas mis ganas. Me persigues mientras trato con ahínco de no desestabilizarme en mi huida. Trastabillo con una raíz seca. Un, dos, tres. Cojeo, retomo el equilibrio. Siento tu aliento en mi nuca, a pesar de que no estás lo suficientemente cerca. Se me pone el vello de punta pero continúo corriendo. El bosque espeso, lleno de ramas que me arañan los brazos. No las noto a penas, aunque la sangre gotea despacio; como si tuviera miedo a salir. Trastabillo de nuevo, caigo. Atino a percibir dos raspones en mis rodillas, antes de incorporarme. Un, dos, tres. Vuelvo a correr, pero me detienes. Tu mano derecha, que me toma del brazo lleno de cortes. La sangre que baila, el tono rojizo de la piel herida y el escozor que está ahí pero ignoro.

       —Dafne —murmuras sin aliento, como si fuera una súplica. Me retuerzo lejos de tu agarre, pero tienes más fuerzas. Mi mirada al cielo, rogando un milagro.

   —Suéltame, por favor… —Pero no me escuchas, Apolo, porque mi opinión nunca tuvo importancia; porque soy insignificante dentro de la ecuación. Pienso durante en otras a las que les ocurrió lo mismo, y las compadezco. No como ellas; nunca como ellas. Mi mirada al cielo, todavía rogando un milagro.

      —Dafne —repites, arrodillado ante mí como quien se postra ante un dios. ¿Me idolatras, Apolo? Me cuestiono con sorna. Lo suficiente como para hacerme esclava de algo que nunca quise. Deseo ser libre, pero ese es un deseo demasiado grande para alguien como yo. Un milagro, necesito un milagro.

       Tus pupilas se dilatan con angustia y yo, aprovechando tu distracción, trato de aventarme lejos de ti. Son tus pies los que están sellados, enraizados en tierra. Tu cuerpo se llenó de madera, caucho y se hizo marrón. Sonrío, mientras tu boca hace una mueca aterrorizada. La sangre de los cortes de mi brazo salpica tu corteza. Lento, acaricio con mis dedos las hojas de laurel que surgen en la palma de tu mano. Hermoso, Apolo, te volviste tan hermoso como vulnerable. El cielo llora, como quieres llorar tú también. Las nubes, que se apiadan de tu tristeza y caen truenos. La lluvia me purifica, me da fuerzas. Soy libre, Apolo. Por fin las tornas han cambiado.

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El desconocido del baño

           El chico al que vi me hizo pensar en el chico que fue mi novio, luego lo olvidé. Pensé en todos los problemas que tuve con el sexo y en alguno que otro más que no estaba preparada para contar. Luego los olvidé, otra vez. Era alto, mucho más alto que yo, con músculos. Quizá no era un culturista pero sus brazos eran gruesos y fibrosos. Tenía muchos tatuajes y aquello me pareció atractivo. Sus ojos eran marrón oscuro, con eyeliner sobre la línea de agua que le daba un toque siniestro y alternativo. Sus labios eran carnosos, su frente ancha y sus pómulos marcados. Su pelo era negro, largo y estaba recogido en una coleta baja de la que se escapaba algún que otro mechón. Llevaba una camiseta de manga corta de un grupo de música desconocido para mí, acompañada por unos vaqueros oscuros y gastados. 

        Sobre la pila de aquel baño había cocaína. El desconocido tenía la mirada un tanto ida, aunque seguía siendo insultantemente agraciada. Me acerqué a él y quise tocarle la barbilla. Lo hice. Estiré mi mano derecha para rascar con mis dedos su barba mal rasurada. Él se inclinó contra mí y me besó. Fue algo que empezó despacio, luego se incrementó. Me empujó contra la pared y pasó las manos por mi cintura. Al principio solo me acarició la cintura y el vientre, pero luego fue hacia la falda del horrendo vestido de lana que llevaba puesto. Movió las manos debajo de ella tanteando el terreno sobre mi ropa interior, como si me estuviera dando algún tipo de cancha para apartarme si no quería que continuara. Yo no hice ningún amago de retirarme, así que sus dedos se terminaron sumergiendo.

       Se dedicó primero a jugar con mi clítoris; suave al principio, luego más deprisa. Pegó su boca sobre mi oído y me susurró «Tócame». Con lo excitada que estaba, solo lo hice. Me costó poco desabrocharle los pantalones con mis dedos para empezar a masturbarle.

        El tipo se terminó corriendo en un gemido. Me corrí yo al poco, también. Elevé mi rostro hacia el suyo y me encontré con su pelo fuera de la coleta. Tenía la camiseta de aquel grupo de música manchada de semen igual que mi ridículo vestido. Fue a la pila a lavarse la cara: lo vi secarse con un lado de la camiseta que no estaba manchado y, después, empezó a cortar la cocaína de nuevo. Se inclinó para tomar una raya y yo musité «No deberías de hacer eso», a lo que él arqueó una ceja y repuso en voz baja «Tú tampoco deberías de dejarte masturbar por desconocidos en un lavabo público».

      Quise decirle muchas cosas; que mi cuerpo era mío y que él era un gilipollas, por ejemplo. Pero en aquel instante sentí que quedaban fuera de lugar. Miré hacia mi reflejo en el espejo y luché para no derramar ni una lágrima. «Debes de estar muy colocado para haber decidido tocar a alguien como yo», repuse seca.  El desconocido me lanzó una mirada de arriba abajo.

      —Me gustas; solo eso.

      —Debes de estar muy colocado —repetí, antes de girarme hacia la puerta de salida.

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Gris

           Estabas ahí, mirándome con tus ojos grises. Estabas ahí, haciéndome sentir idiota. Y lo sabías; por supuesto que lo sabías. De hecho, creo que aquella era una de las cosas que más te gustaban. Te gustaba mirarme con el acero de tus ojos grises; de aquel iris que tantas veces me traspasaba. Qué me abandonó. Qué me dejó rota.

        —Cinco años —articulaste despacio, como si trataras de saborear tus palabras—, y sigues siendo la misma.

           Abrí la boca con la intención de responderte algo mordaz o hacerme ver ofendida, pero no salió ni una palabra. Solo tomé aire en un suspiro lento y pesado. Estabas ahí, con tus ojos grises. Estabas ahí de nuevo contemplando mis pedazos. Y me dolía ¿Cómo no iba a dolerme? Cinco años seguían sin ser suficiente tiempo.

           Mi cuerpo ardía. Quería tocarte; sentir que estabas ahí. Abrí la boca otra vez, y no hablé. Tú en cambio sonreíste con sorna mientras tus manos se pasearon sobre el respaldo de la silla del comedor. Lentas, se movían lentas como una caricia.

          —¿Recuerdas? Aquella noche que cenamos juntos —me susurraste lento, cerca de mi oído. Yo me mantuve estática, de nuevo con esas ganas de tocarte, de nuevo abrumada por las circunstancias y tú, de nuevo, sobreponiéndote a mí— compartimos el mejor momento de mi vida. ¿No fue perfecto también para ti?

          —Por favor —atiné a murmurar—, ya basta.

          Tú me ignoraste con aquella pose segura que tan insegura me hacía sentir a mí. Me miraste triste; la tristeza en el acero, y algo más. Una tristeza que sin lugar a dudas poco tenía que hacer con la magnitud de la mía. ¿Alguien como tú podía estar más triste que yo? Tris, teza. Así era la cosa. Tristes los dos pero, como era costumbre, yo más triste. Porque independientemente de lo que ocurriera la herida siempre iba a ser yo, igual que la triste. Tris, teza. La tuya pesaba menos, dijeras lo que dijeras. ¿Cómo el acero iba a estar triste si nació para ser frío? 

          Me ignoraste, como tratando de poner a prueba lo poco que dejaste de mí. Luego me regalaste una pizca de inseguridad, de vacilación. Estabas triste, menos triste que yo, pero me ponías a prueba. Y continuaste hablando.

          —Aquel amanecer tuve el olor de tu pelo en mi almohada. —Hiciste una pausa, tus labios temblaban. Temblaba yo, también. —Recuerdo que me decías «Tu mirada me traspasa». ¿Ahora te pasa lo mismo?

          Perdí la fuerza que me hacía mantenerme derecha y caí de rodillas al suelo. Siempre fui una dramática; una estúpida emocional que no estaba preparada para afrontar aquel tipo de circunstancias. Estaba rabiosa, avergonzada y mi grado de estupidez se había doblado. Tú me observabas como lo hacías siempre y yo te sentí dos octavos por encima de mí. Siempre estuviste sobre mí en cualquier sentido de la palabra.

          —Cinco años; han pasado cinco años —musité como una autómata—. Vete, por favor. No quiero saber nada de ti.

          Roto, parecías tan roto como yo. Quizá fui yo, con mis delirios incoherentes, pero te vi roto. Y quise llorar cuando te pusiste de rodillas a mi lado y tu mano acarició mi mejilla como si la estuviera atesorando. Me miraste con el acero consumido; menos frío, más líquido. Fundiste tu acero y creí verte adorarme como si fuera alguien mejor que tú. Te acercaste hasta que nuestros alientos se mezclaron hasta ser una única cosa. Quise que me tocaras y olvidar. Solo fuego. Solo nuestro fuego.

          Qué arda, pensé, qué nos ahoguemos en las llamas. Nuestros cuerpos se reconocieron y el vestigio de lo que fuimos se convirtió en presente de indicativo con un beso. Nos besamos con fuerza hasta ser una única cosa. Tus labios, tan húmedos, tan suaves, me susurraron en el oído algo que, para mí, fue música «Te necesito». Entonces te sumergiste en mí y todo recobró un sentido que en realidad nunca tuvo. 

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Elise

      Caminas despacio sobre la acera. Mi mirada está fija en el suelo; en la forma en la que tus manoletinas de charol brillan con el reflejo de las farolas. Tus pasos son vacilantes e inseguros. Sacudes la cabeza y la maraña de cabello se agita sobre tu rostro. Te recolocas las gafas azul cielo y me devuelves la mirada con tus ojos oscuros. Mi oscuridad en tus pupilas; mi reflejo sobre el iris. Me acerco hacia ti y sonrío. Soy atractivo y pareces ser consciente de ello. Mesuras nuestra diferencia de altura porque te saco dos cabezas. Después, te deleitas con mis rasgos cincelados. Nariz afilada, labios carnosos, pómulos marcados. Mirada pálida, interior amargo.

      Te sonrío haciendo alarde de mi perfecta dentadura y terminas con un sonrojo. «¿Quieres que te acompañe a casa?» pregunto. «Sería peligroso que una jovencita tan delicada se viera en riesgo. Esta ciudad es peligrosa». Asientes porque sabes a lo que me refiero; el asesino que mata a chicas jóvenes e inocentes. Me sonríes con la reticencia de quien nunca fue el foco de interés de hombre alguno. Te tomo de la mano: es pequeña, de finos dedos. Tiemblas.

      Entonces, cuando nos acercamos a un callejón alejado, pienso en el cuchillo oculto en el interior de mi gabardina. Un cuchillo que no saco porque me quedo embelesado mirando los lentes sucios de tus gafas. «¿Cómo puedes ver con los cristales así?» Te recrimino mientras tú te avergüenzas. Emites un gemido infantil que encuentro tierno. Coges mi mano para dejar que te lleve donde quiera. Buscas un guía, alguien que te cuide, y creo que esperas eso de mí.

      El vestido que llevas está arrugado y puesto con abandono. Tu cabello necesita ser peinado y tus ojos parece que me lo están recriminando como si fuera mi responsabilidad. Entro en tu casa, donde me ofreces quedarme a pasar la noche contigo. Te ves temerosa, dulce. Yo solo te toco la punta de la nariz, llena de pecas, luego las mejillas. Entreabres esos labios rosa claro con sabor a piruleta. Te beso, perdido. Después te acaricio despacio. Eres suave: con la espalda pecosa, los hombros y dos lunares en la tripa. Dejas que te lleve donde yo quiera, de nuevo.

      Al amanecer buscas prepararme el desayuno, pero eres un desastre. No sabes hacer las cosas, como la niña grande que eres. Termino preparando yo el desayuno, desenredando tu pelo y regañándote, otra vez, por los cristales sucios de tus gafas azul cielo. Pasan los días y descubro que me gusta hacer de padre; atesorar esa inocencia tuya que espero que nunca acabe. El cuchillo de mi gabardina nunca fue para ti, pequeña Elise, pero sí que estuvo destinado a otras.

      Otras que mueren pidiendo una ayuda que no les alcanza. Sus labios carnosos, rojo oscuro, y grotescos. Labios pecadores e indignos. Cuando pienso en ellas, en el resto de mujeres, me siento sucio por haberlas tomado. Ellas trataron de malograrme, Elise, pero luego llegaste tú para expurgar mis pecados. Me enseñaste la razón por la que necesito matarlas. Busco consumirlas porque están corruptas. 

      Elise, no: ahora no necesito el marrón de tus ojos. Me ves frente a aquel cadáver y me veo yo reflejado en el centro de tu pupila. Pupila que brilla. Estoy manchado de sangre con un cuchillo también perdido. Ha muerto pidiendo clemencia: la has escuchado gemir mientras perdía la vida. Tus cejas se arquean con comprensión y dices «Pensaba que me ibas a dejar por ella». Entonces niego yo con vehemencia. Lanzo el cuchillo al suelo para acercarme a ti en busca de un abrazo. Estática, me recibes. Acaricio tu espalda mientras pienso en tus lunares. No me dejes, Elise, están corruptas y tienes que entenderlo.

     —Te quiero —murmuro en tu oído, como si fuera nuestro secreto.

    —Yo también te quiero, príncipe. —Suspiras despacio. —Gracias por matarlas a todas.

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martes, 24 de enero de 2017

Plié

Nota: texto muy antiguo. 

           Helena contempló hastiada el reloj del escritorio; aún le quedaban dos horas para el descanso. Sacudió su cabellera y tomó el bolígrafo de la mesa. Quiso evadirse, pensar en otras cosas, pero por alguna extraña razón su mente estaba en blanco. Los segundos le supieron a minutos, y los minutos a horas. Tal vez podría inventarse alguna excusa para volver más temprano a casa o quizá podría meterse en Facebook y jugar al Candy Crush. Se sintió mal consigo misma y pensó que conforme iba pasando el tiempo más insufrible se volvía su vida.

           Quería dibujar. Tenía una picazón en el cuerpo que la llamaba a hacerlo, pero desde el accidente trataba de dejarlo en segundo plano. Su mano derecha había quedado completamente inútil; ni siquiera podía encontrar fuerzas para poder sostener un bolígrafo. Y con su brazo derecho más de lo mismo: cuando lo movía se sentía lenta, y le dolía bastante. Al menos tenía trabajo: era afortunada, o eso parecía, dado que la contrataron por su discapacidad.

           Tuvo el sueño de convertirse en profesional en el campo de la pintura, pero sus anhelos habían quedado atrás desde hacía un año, junto a la sonrisa de Salomé. Cuando pensaba en su hermana, en la hermosa Salomé, sentía una losa tan pesada que le cortaba la respiración. Fue entonces cuando, a través de la ventana de su despacho, pudo ver una hermosa mariposa. Batía sus alas blancas con delicadeza y elegancia, y tuvo envidia. Quiso ser como ella; sentir cómo el aire despeinaba sus cabellos.

           Se acercó titubeante y estiró su brazo derecho, como si esperara que el insecto se posara sobre su mano inútil. La mariposa bailó en las alturas y descansó sobre ella. Dejó caer sus alas y clavó sus ojos sobre los de Helena como si estuviera esperando la respuesta a una pregunta que nunca llegó a efectuar.

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           Solo podía ver oscuridad; la penumbra inundaba toda la estancia. Completamente desorientada me deslicé sobre ninguna parte. Anduve, y anduve, y anduve hasta que creí perder cualquier atisbo de cordura y me imaginé loca estirando de mi cabellera oscura, con los ojos cerrados por el pánico. Pero, cuando empecé a pensar que era posible que la demencia llamara mi puerta, lo vi. Al fondo, no muy lejos, había un escenario de teatro. Corrí hacia él, como si fuera el salvavidas de aquel sinsentido de tinieblas. Estaba hecho con tablones de madera. El telón se veía pesado y era de un color borgoña que me recordaba al vino añejo. Una luz de lo que parecían ser focos me iluminó. Traté de averiguar de dónde provenía, sin éxito. Me acerqué con indecisión hacia el escenario mientras aquella luz seguía fija en mí, acompañándome en mi torpe recorrido.

           Y regresó la oscuridad: los focos se apagaron tras la caída del pesado telón. Entonces reaparecieron los focos y las cortinas se abrieron de nuevo. Los tablones de madera crepitaron y a ello le siguió el sonido de unos lentos pasos. Frente a mí apareció una joven hermosa y etérea. Tenía el pelo, de un rubio claro, largo e indomable y unos ojos aguamarina que me recordaban a las profundidades del Pacífico. Su piel era translúcida; a través de ella se podía discernir el sendero de sus venas y arterias, que se desplegaba en hermosas ramificaciones que recordaban a las de los cerezos en flor. 

           En su iris de zafiro se podía leer una pesadumbre tan poderosa que pude imaginarme hundiéndome en las olas de sus ojos, y me gustó. Amaba la idea de perder el oxígeno para unirme a su causa. Entonces apareció la mariposa blanca, que parecía haber bendecido mi maltrecha mano. Se posó sobre la mano derecha de la desconocida y la miró como hizo conmigo. La joven suspiró con ternura y se recolocó un tutú rosa pastel con nerviosismo. Después sacudió su cabellera de rubia y se sentó sobre los tablones de madera del escenario. La mariposa empezó a revolotear alrededor de ella como si siguiera los pasos de una danza desconocida.

           La bailarina lloró y yo lloré también envidiando su llanto. Durante minutos solo se podía escuchar nuestros jadeos ahogados y húmedos; nuestro desencanto marchito. Después, mis ojos se secaron y con los de ella ocurrió lo mismo. Pasó sus elegantes manos sobre sus mejillas frescas y, tras aquello, empezó a trenzar su cabello desde la raíz. La mariposa cesó en su vuelo y descansó encima de la cabeza de la bailarina. El pelo de la bailarina se fue oscureciendo, como si una sustancia extraña estropeara su tonalidad dorada. La mariposa se alejó de ella y la bailarina, como respuesta, se incorporó y trató de alcanzarla sin conseguirlo.

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           Helena recobró consciencia repentinamente. Miró su reloj: había terminado el horario de trabajo. Debía de acudir a hacer la compra y, ya puestos, visitar a Salomé. Salió de la oficina entre pensativa y melancólica. Su teléfono sonó.

           —¿Diga?

           —Helena, ¿te apetece quedar esta noche para ir al cine? —quiso saber Hugo.

           Helena pensó en si le apetecía o no; trató de ser sincera consigo misma. Lo cierto era que se lo pasaba de maravilla con el chico y que hacía bastante tiempo que no salía. Apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea. Si aceptaba se arriesgaba a que su relación con él llegara a algo más. ¿Estaba preparada para dar aquel paso? ¿Sería suficiente para él? A fin de cuentas ella no era más que un amasijo de desilusiones.

           —¿Helena? ¿Me oyes? 

          —Sí, lo siento —musitó—. Pues la verdad es que no tengo mucho tiempo. Pensaba ir a ver a Salomé y aún tengo que ir al Mercadona a hacer la compra.

           Se escuchó un suspiro resignado al otro lado del auricular.

          —Te acompaño a hacer la compra y a ver a Salomé. Seguro que entre los dos se hace el trabajo más rápido —insistió—. Me apetece pasar el rato contigo, Helena. Si luego no da tiempo para ir al cine tampoco pasa nada, podemos ir otro día.

           —De acuerdo. Ahora mismo voy hacia el hospital. Nos vemos allí.


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          El cuarto tenía las paredes blancas, insufriblemente blancas. Eran lisas, también, y desprovistas de cualquier tipo de decoración. La cama era un amasijo de hierros viejos y oxidados. El colchón se parecía más a una gruesa gomaespuma que a una base cómoda en la que descansar. El rostro de Salomé se veía sereno. Era hermosa en su inconsciencia; ninguna imperfección en sus rasgos de nácar. Blanca, demasiado blanca quizá, pero aquello era comprensible dado que nunca le daba el sol. Su cabello rubio claro estaba abierto como un abanico sobre la almohada. Lo tenía increíblemente largo; le llegaba hasta las caderas y caía por los dos extremos de la cama. Parecía la Bella Durmiente, pensó Helena. 

          —Eres tan guapa, Salomé, que duele mirarte. Incluso en tu inconsciencia eres hermosa. Quizá esa fue tu maldición: ser demasiado bella para tener consciencia propia—caviló con amargura. Pensó en los cuentos de hadas, en las historias fantásticas, y se sintió espectadora de uno de ellos.

        Empezó a trenzar el pelo de la ausente Salomé: en aquellos instantes le recordaba tanto a la visión de la bailarina que creyó que entrelazar los mechones haría que se despertara y saliera de la cama. 

      —Me ha llamado Hugo para ir al cine, ¿sabes? No sé si decirle que sí. Siento que estoy demasiado rota para él —confesó a su hermana con lentitud—. Te ves tan guapa que siento que debo dibujarte. ¿Me dejas, Salomé, me das permiso?

          Helena se alejó de ella y se sentó sobre la butaca de al lado de su hermana. Sacó del bolso una libreta mediana y un lápiz de punta blanda. Sus ojos se fijaron en Salomé intentando calcular las proporciones y el modo en el que la luz incidía en ella. Quería captarlo todo; no dejarse ni un solo detalle.

          Su mano izquierda empezó a dibujar. Comenzó haciendo la forma básica de la cama, del colchón y del modo en el que el cabello de la hermosa Salomé —mitad trenzado, mitad suelto— se escurría hasta casi rozar el suelo como una gran cascada.

          —Siento si no soy capaz de dibujar como antes, ya sabes que desde hace un año me he tenido que volver zurda —aseveró triste.

          Se centró en su trabajo y durante una tranquila media hora estuvo completamente entregada a su dibujo. No le quedaba demasiado para terminar; algún que otro sombreado y detalle concreto. Trató de poner gran parte de su empeño a la hora de definir el cabello, los ojos y los pliegues de las mantas.

          —Me gusta mucho —dijo Hugo con sinceridad, contemplando su creación.

          Acababa de entrar en la habitación y su imponente presencia parecía invadir todo el espacio personal de Helena. Era un tipo alto, uno noventa aproximadamente, delgado y de espalda ancha. No obstante, aquello no era lo que más imponía. Sus ojos, de un increíble tono que oscilaba entre el marrón y el gris, la hacían sentir insegura y vulnerable. Era él, que podía ver a través de Helena y, consciente de su habilidad, hacía uso de ella cada vez que podía sacarle partido.

          Salvaba vidas, pensó. Quizá fue aquello lo que originó que tuviera tanta facilidad para meterse en su cabeza; para leer entre sus miedos y sus demonios y obligarla a enfrentarlos. Aquella era la principal razón por la que muchas veces lo evitaba. Qué se sentía inútil, qué se sentía miserable, qué se sentía cobarde. Y no plantaba cara a ninguna de las bofetadas que le daba la vida. Hugo lo sabía. A pesar de que la taladraba con sus pupilas seguía viéndole y hablándole. Algunas veces le daba la espalda y otras se plantaba en la puerta de su casa reclamando una atención que, según creía, no merecía.

          Aquellas situaciones se repitieron una y otra vez, como el estribillo de una predecible canción de verano. Hugo trataba de cambiarlas pero terminaba sin encontrar suficiente fuerza de voluntad como para evitar que la jugada regresara. Helena simplemente actuaba como una víctima que no sabía interpretar su papel.

          —Ni siquiera sé por qué me he puesto a dibujar —se quejó con un mohín—. Si esto lo hubiera hecho un año atrás habrías alucinado con lo bonito que me estaría quedando.

          —Helena —la increpó—, estoy alucinando. Tienes más talento de lo que piensas. No todo son las manos; hay más cosas a parte de la técnica a la hora de dibujar. Y tú, algún día, te darás cuenta de que todas esas ganas que tienes de coger el lápiz son la prueba de que en realidad eres una artista que no quiere sacar partido a su talento.

          —Las cosas han cambiado demasiado como para plantearme algo tan lejano y complicado. —Contempló su maltrecha mano con amargura.

        —Siempre dices eso, Helena, pero sigues dibujando. Eso es muy hipócrita por tu parte, ¿lo sabías? Sigues dibujando tanto que has cogido mucha destreza con tu mano izquierda; cualquiera podría llegar a pensar que en realidad eres zurda. La única que se está limitando a sí misma eres tú con tus prejuicios.

          Helena no contestó. Hugo se inclinó hacia ella con la intención de ponerse a su altura. Tocó con su frente la de Helena y sus narices se rozaron. De nuevo estaban ahí aquellos ojos increíblemente astutos, aquella pupila que la traspasaba. Sus labios se encontraron levemente.

          —Fui yo el que te rescató de aquel trozo de chatarra que una vez fue vuestro coche. Fui yo el que saqué el cuerpo inconsciente de Salomé hacia fuera. Y el que supo que probablemente no despertaría, ¿recuerdas? También fui yo el que pude ver cómo en ti nacían todos los fantasmas que ahora te atormentan. En todos mis años de trabajo jamás en encontré con alguien con tanta fortaleza como tú, Helena. ¿Dónde quedó todo eso?

          —En el cementerio —repuso con amargura, desafiándolo con aquellas palabras. Hugo se alejó de ella y lanzó un largo y lento suspiro—. Quizá fue eso, ¿sabes? Lo que te hizo pedirme el número de teléfono en el hospital. Quizá solo querías hacer un acto de caridad a una pobre chica que acababa de perder a su hermana.

     —¿De verdad piensas eso? —inquirió atónito, sin encontrar realmente las palabras para responderle. Helena se mantuvo en silencio, ¿de verdad pensaba así de él?

         —La semana que viene tengo la última visita a rehabilitación. Creo que también me van a hacer unas placas para saber cómo ha evolucionado todo —musitó cambiando  de tema. Hugo decidió hacer lo mismo; sonrió de forma forzada y la abrazó con suavidad. Sintió húmedos sus ojos.

         —¿Quieres que te acompañe?

      —Está bien —accedió. Durante unos breves instantes le pareció haber visto a aquella extraña mariposa blanca sobre la cabecera de la cama de su hermana.

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         De nuevo estaba contemplando aquel extraño escenario de teatro que, en aquella ocasión, tenía un decorado. Había una habitación construida con cartón y una cama con un gran cabecero macizo de color metalizado oscuro. Su colcha tenía un horrendo estampado verde hierba en el que se repetía metódicamente el patrón de unas rosas. Mis ojos recorrieron toda la extensión de la escena en busca de la bailarina, que estaba desafiando a la gravedad sobre la tarima. Las puntas de sus pies sostenían su elegante cuerpo.

         Alzó su pierna derecha y alargó sus brazos hacia una jaula de plata donde estaba encerrada mi familiar mariposa blanca. ¿Había una jaula?, ¿había una mariposa? La hermosa bailarina abrió la reja y el insecto se posó sobre uno de sus dedos. Acto seguido dio dos vueltas sobre sí misma y saltó muy alto. Cayó sobre sus puntas con elegancia mientras la mariposa se alejó de ella.

      Sus ojos recorrieron la inmensidad del falso decorado como si tratara de identificar cuál era aquel lugar. Suspiró y se sentó sobre la fea colcha verde hierba. Entonces me miró. Se puso triste, muy triste, y abrió la boca. Habló, pero no alcancé a escucharla. Silencio. Sólo silencio. La bailarina quería decirme algo y yo tenía los oídos estropeados.

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         Helena se despertó. Sintió cómo los brazos de Hugo la envolvían y el pausado sonido de su respiración en la oreja. Aquella era una sensación apacible; si no salía de la cama volvería a caer presa del sueño. Intentando ser lo más delicada para no despertarlo, se liberó de su agarre. Salió de la cama y se colocó las gastadas zapatillas de ir por casa. Cuando su mano se posicionó sobre el pomo de la puerta escuchó un gruñido.

         —¿Helena…? Qué sueño tengo… —atinó a articular el chico, con la voz melosa.

      —Puedes seguir durmiendo, si quieres —musitó con suavidad. Hugo se levantó de la cama como respuesta. Con lentitud se dirigió hacia una somnolienta Helena y abrazó con ternura.

         —No importa —repuso—. Te ayudo a preparar el desayuno.

       Helena asintió, antes de dirigirse hacia la cocina. Estaba un tanto absorta. Apreciaba los colores de una forma vívida; como si hubiera aumentado el contraste entre ellos y fueran más brillantes. Pensó que lo más probable era que aún continuara soñando y que nada, absolutamente nada de lo ocurrido, era real.

       Se vio a sí misma yendo al cine acompañada de Hugo; sentándose en la zona central de la sala para poder tener una mejor visión de la pantalla. Rememoró su mano hundiéndose en el recipiente de cartón de las palomitas, el sabor de la bebida tras la pajita que compartieron y el modo en el que se sintió, tensa y candente, como si una parte de sí misma le gritara que estaban haciendo algo deliciosamente indebido.

       Ansias, también recordaba las ansias. Ansias de calor. De mirar sin miedo los pozos grisáceos del chico en busca del marrón; o de mirar el marrón en busca del gris. Quería, sólo quería, dejar de estar a la defensiva y ser una Helena sin restricciones ni miedos. Fue entonces cuando la fantasía se esfumó y el tono apagado y aburrido de la realidad llamó a sus pupilas. Volvió a ser la Helena de todos los días; de los amaneceres tediosos y las noches lentas. Pensó que quizá la Helena de anoche no era ella misma, sino otra persona que había tomado el control de su vida durante unas horas.

     —¿Has dormido bien? —preguntó a Hugo.

   —La verdad es que sí, ya sabes que tienes un colchón muy cómodo. ¿Y tú? Esta noche te has movido mucho; me has despertado varias veces.

   —Bueno, la verdad es que he tenido un sueño un poco raro… —se sinceró con precaución. No estaba del todo segura de si hacía bien desvelando más información. Cielo santo, ni siquiera estaba del todo segura de si lo que había soñado ocurrió siendo ella la piloto de su cuerpo.

    —¿Tuviste una pesadilla? —la increpó, curioso.

    —No sabría si llamarla del todo así… —tanteó, todavía indecisa.

    —No tienes por qué contármelo si no te apetece.

     Helena tembló ante la expectativa de hablar, y después articuló a trompicones:

     —¿Qué pasaría si soñaras algo que piensas que es real pero seguramente no lo es?, ¿y si te sientes tan perdido que no sabes ni dónde estás? Ni cómo actuar, ni nada de eso. Luego el sueño te parece más real que la vida misma, y luego te despiertas y sientes que actúas como un autómata. Y a veces ves cosas que no son reales pero crees que lo son. —Hizo una pausa —Al final me volveré loca, Hugo. Yo solo… No sé.

      Se produjo un silencio un tanto incómodo.

      —No entiendo lo que quieres decirme, Helena.

     —Déjalo, haz como si no te hubiera dicho nada —musitó sintiéndose ridícula. Fue hacia la cocina y puso una cafetera. Sacó la leche y llenó un vaso con ella.

     —Helena, sólo puedo decirte que conforme me has hablado me da la sensación de que has perdido el rumbo de tu vida, y con él la consciencia de tus acciones. ¿Qué tal si empiezas a hacer lo que te apetezca sin calentarte tanto la cabeza? Probablemente eso te ayude. Quizá es tu subconsciente, que te pide que disfrutes más de las cosas.

     No pudo evitar sentir que le decía aquello porque simplemente era lo que pensaba de ella; la idea que había establecido desde que la conoció. Aun así no encontraba ningún argumento con el que contradecirlo. Miró hacia el suelo con una pizca de rabia e impotencia. Hugo se acercó y la abrazó, tratando de reconfortarla.

    —Y el primer paso para hacer lo que te apetece es aceptar que eres una dibujante genial y que puedes intentar presentar tus trabajos para ganar dinero. Me ha encantado el dibujo que estabas haciendo de Salomé; expresa muchísimo cómo es ella. Siempre que veo tus obras me las imagino como si estuviera frente a un cuento; como si fuera el espectador de una historia incompleta.

     —Salomé es un cuento, por eso la ves como un cuento —repuso sintiendo su familiar angustia—. Ella es la Bella Durmiente y no despierta. Yo solo quiero que despierte, Hugo, y no lo hace. Mi mano derecha también está dormida, es lenta, y no despierta tampoco. Quizá es eso, que estoy en un cuento que protagoniza Salomé y por eso todo en mi vida está tan estático; porque ella misma no se mueve.

      —¿De dónde sacas esas ideas, Helena? A veces no entiendo lo que quieres decirme…

     Como si fuera inevitable, una lágrima salió de su ojo derecho, seguida de otra, y de otra. El llano de la joven era una llamada de auxilio silenciosa e irrefrenable. Estaba triste y no sabía cambiarlo; se sentía impotente y no sabía cambiarlo.

   De nuevo todo recobró color; regresaron los tonos vívidos de altos contrastes. Y volvió a creer que había perdido la potestad sobre su cuerpo. Sus labios rozaron con lentitud los de Hugo para, instantes después, alejarse de él lentamente.

     —Últimamente tengo imágenes de una bailarina. Desde la primera vez que la soñé veo las cosas de un modo distinto. Me siento rara porque no entiendo lo que quiere decirme. Sólo sé que está sobre un escenario de teatro y que baila. Parece que le piden que represente un papel que no termina de comprender. Ella llora, y lloro yo. Me siento como ella, enjaulada. Quizá solo sea mi subconsciente…

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         Estaba yo sobre el escenario; mis pies pisaban la tarima. Anduve por toda su extensión como si intentara comprobar que aquello había ocurrido. Pude percatarme de cuan vieja estaba la madera. En algunas zonas la capa de barniz se había desprendido y podía verse un tono gastado que oscilaba entre el negro y el gris.

      Al fondo, en una esquina, localicé a la bailarina sentada. Su cuerpo estaba encorvado, sus hombros caídos y tenía la mirada gacha. Su larga cabellera dorada le cubría el rostro y se balanceaba hacia adelante y atrás peinando la tarima. Pude imaginar sus mechones como dunas tras una tormenta de arena. Me acerqué a ella, perdida en mi fantasía, con ganas de tocar sus hebras y descubrir si en algo se parecían a la tierra que creí ver.

      Apareció un oasis: sus lágrimas saladas. Con más ansias aun la tomé de los hombros, queriendo ver el modo en el que sus dunas se oscurecerían como si hubiera tormenta. Estaba obsesionada, más que ida por el halo de magia y misterio que desprendía. Titubeante, traté de apartar el pelo de su rostro para poder medir su expresión.

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      Por primera vez en mucho tiempo Helena había acudido tarde al trabajo. Cuando despertó aún tenía grabado en su mente el intento fallido de desvelar las facciones de la bailarina. Hugo estaba a su lado, llevaba unos días pasando la noche en su casa y, para sorpresa de éste, Helena no puso ninguna traba o excusa. Parecía que había dejado de rehuir o de mirar hacia otro lado.

     Lo primero que hizo fue despertarlo para confesarle su nuevo sueño con la esperanza de que pudiera serle de ayuda. La respuesta que le regaló fue su habitual abrazo y una mirada entre intrigada y seria. Había empezado a habituarse al peso de aquellos ojos, que tanto hurgaban dentro de ella. El marrón grisáceo era perspicaz pero sus intenciones siempre habían estado justificadas por las ganas de saberlo todo de ella sin restricciones. Y, aunque pareciera imposible, aquello en lugar de darle tanto miedo, como ocurría antaño, la reconfortaba.

     «¿Has pensado en que quizá la bailarina sea una proyección de ti misma? De tus miedos, de esas cosas. Quizá solo intenta ayudarte; dirigirte por el buen camino. A lo mejor cuando te decidas a hacer lo que te gusta dejas de verla». Fueron aquellas palabras las detonantes de sus pensamientos. Una y otra vez se repetían en su cabeza.

     Tal vez fue aquella la razón por la que llegó tarde al trabajo. Cuando se sentó en su puesto se puso a dibujar sin preocuparse si quiera en las consecuencias que podría ocasionarle aquello. En cuanto abrió su libreta de tamaño mediano el dibujo de Salomé la asaltó. Ahí estaba, inacabado, llamándola.

     Su mano izquierda se posicionó sobre él y siguió sus trazos con anhelo; tenía que acabarlo, lo deseaba. Tomó un lápiz y continuó con su labor. Terminó de detallar la expresión de su rostro inerte, los claroscuros y el resto de matices. Extasiada, contempló su obra. Se encontró con que estaba orgullosa; con que, a pesar de haberla creado con su mano inexperta, era hermosa. 

     Fue entonces cuando supo que el príncipe de Salomé no iba a aparecer para despertarla. Permanecería siempre dormida; inconsciente. Era la princesa de los sueños. Debía de despedirse de ella. Apagarla, decirle adiós, y colocar su cuerpo en un ataúd hermoso y lleno de flores como el de Blancanieves. Aunque no estuviera físicamente con ella, jamás desaparecería de su pecho.

     Helena se encontró con lágrimas en los ojos; últimamente lloraba mucho. Pensó en si llegaría el momento en el que su llanto le erosionara el rostro, como lo hacían las olas en las rocas de la costa. Estaba abrumada por el peso de su decisión y temerosa de llevarla a cabo. ¿Sería lo mejor para Salomé? Sólo quería hacer lo correcto para dejar de sentirse atormentada.

     Su trabajo tampoco la hacía feliz y estaba empezando a creer que, quizá, aquel fuera otro de los motivos por el que continuaba estática. Tenía estabilidad económica pero, ¿de qué le servía? No estaba contenta, no la llenaba. Siempre quiso dibujar y antes del accidente confió en lograr vivir de sus obras. Después de aquella pérdida doble, de su mano y su hermana, había dejado de tener fe en sus ilusiones y sueños. Tal vez había sido un error; tal vez debería de comenzar a ser alguien más egoísta y empezar a olvidar un poquito el pasado. Su vida había cambiado, era un hecho, pero su corazón seguía latiendo. 

     Helena caminó hacia el despacho del director pensando que lo mejor era ser sincera y confesarle que no era feliz; que tenía anhelos que con un puesto de oficina no podía alcanzar. Ignoró la mirada de pena que dirigió a su mano maltrecha y el comentario insistente de que se lo pensara; a fin de cuentas solo la quería por la subvención que le daba su minusvalía. Parecía que solo la definía aquel accidente; que resultaba imposible que la gente la concibiera de otra manera. Quiso cambiarlo; dejar de sentirse impotente.

     «No te preocupes, Helena, yo te ayudaré a luchar por tus sueños», le dijo Hugo por teléfono y sintió que el corazón se le salía del pecho. Iba a dejar de ponerse limitaciones y sugestionarse de lo que podía hacer y lo que no. Iba a empezar a vivir como siempre quiso hacerlo.

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     Cuando la vi sobre el tan conocido escenario, supe que sería la última vez que nuestras miradas se cruzarían. Estaba feliz, atusando su vestido de ballet rosa claro. Dio un salto, y otro, y otro. Su cuerpo se mecía al son de una melodía solo escuchada por sus oídos. Se acercó con una elegante zancada hacia mí y me tendió su mano derecha. Indecisa, alargué mi inútil extremidad y la tomó.

     Con una sacudida de cabeza removió el cabello de su rostro de nácar. A mi mente vinieron nuevamente aquellas dunas movidas por una inexorable tormenta en el desierto. El oasis, apareció el oasis. Pero aquella vez fue distinto: en lugar de traer lágrimas iba acompañado de las ilusiones de un iris aguamarina que se oscurecía, dando paso a un marrón tierra húmeda. No, estaba equivocada, aquello no era un oasis; era el resplandor de un sendero mojado; eran los pastos tras la caída de la lluvia. Eran los ojos de una Salomé, que me miraba con condescendencia y tiraba de mí para darme un caluroso abrazo de despedida.

     Salomé, la bailarina, se alejó lentamente de mí para acercarse hacia unas escaleras de mano que acababan de aparecer dentro de escena. Se hizo la oscuridad para que, instantes después, un foco su ascensión lenta por los peldaños. Apareció la mariposa, también, resaltando a pesar de la penumbra. Salomé estiró su brazo derecho tratando de alcanzarla, pero el insecto era demasiado ágil incluso para ella. Cuando ascendió a lo más alto de la escalera, como quien escala el Himalaya, pude ver cómo arriba del todo se encontraba una enorme y prometedora luna de gomaespuma. Salomé me dirigió una significativa mirada, antes de realizar lo que sería su último paso de baile: un plié que la elevó alto, muy alto.

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     Enterrarla fue, sin lugar a dudas, la decisión más dura que pudo tomar Helena. No obstante, después de aquella visión supo que hizo bien. El cuerpo de su hermana se hundió en un ataúd hermoso lleno de flores y decorado ricamente: haciendo honor a la princesa dormida que siempre fue. En la lápida colocó el dibujo que realizó de ella en el hospital, puesto que era el que más se acercaba a definirla como la Bella Durmiente en la que se convirtió en el transcurso de aquel año. Cuando se alejó del cementerio, destilando dolor y lágrimas, le pareció ver las dunas del largo cabello de Salomé bambolearse en una danza, que era tanto de despedida como de júbilo.

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